sábado, 20 de septiembre de 2014

"RETRATO DE CABALLERO", DEL CARPACCIO


 

Un compendio de la espiritualidad caballeresca.

De Massimo Introvigne
(Traducción del italiano al español: Manuel Fernández Espinosa)

Durante un congreso institucional en Madrid he podido participar en una de las visitas a la colección permanente del Museo Thyssen-Bornemisza, organizado con particular esmero con ocasión del vigésimo aniversario del museo, que fue abierto en 1992. He tenido así la oportunidad de volver a admirar una de las joyas de este museo: el “Retrato de caballero”, del pintor veneciano Vittore Carpaccio (1465-1525 ó 1526).

El retrato afianza ante todo el arcaísmo del Carpaccio, que no es –como habían sobreentendido los prerrafaelitas ingleses- tanto el primer pintor del Renacimiento como el postrero del Medioevo, tan es así que murió pobre y casi olvidado, ya que el nuevo gusto renacentista no le comprendió nunca la grandeza, redescubierta solo después de varios siglos. La obra es un extraordinario compendio del “ethos caballeresco medieval” y del gusto del Medioevo por los símbolos, en particular aquellos traídos del reino animal y del vegetal.
 
Es admitido ya por sólido entre los críticos que se trata del retrato de un mismo caballero; no de dos caballeros y tampoco de un caballero y su escudero. Las dos imágenes representan al mismo caballero, aunque en dos etapas distintas de su camino. Lo vemos a caballo mientras sale de una fortaleza de estilo veneciano, aprestándose para la batalla. Y lo vemos en primer plano, mientras envaina la espada. Esta figura del primer plano –retratada con extraordinaria calidad, es por ello considerada el primer retrato de figura entera en la historia del arte occidental- podría referirse, como piensa alguno, al hecho de que el caballero ha muerto. Envaina la espada en la funda y se despide de este mundo. En este caso se remembra el lema de la Orden del Armiño -la orden caballeresca bretona contemporánea del Carpaccio y del rey de Nápoles Fernando I de Aragón (1424-1494): “Malo mori Quam foedari”: “Prefiero morir antes que manchar [mi honor”] – que aparece en una cartela próxima al animal, al armiño, se referiría precisamente a la muerte en batalla del protagonista. Pero también podría ser que el caballero meta la espada en la vaina simplemente por estar su misión cumplida.

El cuadro es una gran alegoría de la “militia” cristiana y de la caballería. El mar y el estanque son solo una primera alusión a las mil pruebas y a la dificultad que el militar cristiano tiene que soportar para alcanzar la meta. Se añade la rica simbología de los animales y las plantas.

En lo alto, a la izquierda, hay una garza (símbolo del sufrimiento) herida –si se piensa que será muerta, puede verse una ulterior señal de la muerte del caballero- por un halcón, que simboliza las insidias del mal. Otro halcón está descansando sobre el árbol, a la derecha, y amenaza a los gorriones que son los “pájaros del cielo”, evocados por el mismo Jesucristo y símbolos de las almas. Sí: el mal actúa en la historia y acecha a las almas. Acecha la misma alma del caballero que en su viaje encuentra un pavo real, símbolo del orgullo, que casi penetra en lo íntimo mismo del mílite a caballo, mientras todavía más a la izquierda hay un caballo sin jinete que cuelga, a modo de insignia de una posada, simbolizando las pasiones sin brida y sin freno. A la derecha, en la franja entre los dos árboles, un conejo y una liebre escapan: es la tentación de la cobardía y de la huída ante el peligro. El buitre que está cerca del agua y el ciervo representan la decadencia y la muerte; las ranas y los sapos escondidos en la hierba y propincuos al armiño, abajo a la izquierda, son las tentaciones de todo aquello que hay de más vil y vulgar.

Pero, poco a poco, en confrontación con los vicios y las tentaciones, el caballero conquista también las virtudes. El armiño es un símbolo de la pureza, y los antiguos creían que este animal prefería ser capturado y asesinado antes que esconderse donde podría ensuciarse su piel inmaculada. El ciervo -a la derecha del segundo árbol- representa la mansedumbre y la tenacidad frente a la adversidad; la cigüeña en vuelo -entre los dos árboles- representa la "piedad" filial -se pensaba por entonces que, caso insólito entre los animales, la cigüeña se encargaba de cuidar a sus progenitores y no sólo a las crías; el pato es la serenidad y la calma. Todas estas no son interpretaciones más o menos fantasiosas, sino que derivan de los bestiarios medievales con los cuales Carpaccio tenía una evidente familiaridad.

Que el pintor nos llama a una visión dramática de la historia se confirma por el contraste entre los dos perros: el perro bueno de pelaje blanco que acompaña al caballo y el perro bermejo, agresivo y feo, figurado más a la derecha. Estas son verdaderas y propias imágenes del ángel bueno y del malo, de las sugestiones divinas y de las demoníacas que siempre se enfrentan en la historia. El "gran can" malvado puede también que aluda -como ha sido sugerido- al "Gran Khan”, título que después de llevarlo los mongoles se le atribuyó a los sultanes turcos; y, en este caso, el conflicto bélico en que el soldado combate sería concretamente la guerra de Venecia contra los turcos. Pero esto, a su vez, es sólo un episodio de un drama siempre operante en la historia y que trasciende los eventos particulares.
 
De una insólita riqueza -de un gusto, sin embargo, típicamente medieval y hoy aún más difícil de comprender- es el simbolismo de las plantas. No es por azar, sino por esto mismo que Carpaccio entusiasmaría a los prerrafaelitas que buscarán reproducir la flora en sus lienzos -como la "Ophelia", de John Everett Millais (1829-1896)-, obras que son verdaderos y precisos tratados de botánica. En la producción pictórica de Carpaccio, sin embargo, el problema está en el hecho de que muchos símbolos botánicos son ambivalentes. Consideremos, por ejemplo, una flor muy visible: la anémona roja, al lado de las piernas del caballero. Esta, desde la mitología clásica, es un presagio de la muerte. Pero al mismo tiempo para los cristianos significa, como la púrpura que llevan los cardenales, la sangre derramada por la fe y la disponibilidad al martirio. Los gladiolos significan la muerte violenta: pero también el sufrimiento de la Virgen Dolorosa. A la derecha, no muy lejos del perro maligno, vemos los narcisos que, en la mitología griega, son las flores de Perséfone, reina de los ínferos y, por lo tanto, flores ligadas al infierno. Y en cambio, cerca del armiño vemos un lirio, símbolo de la pureza por excelencia, contrapuesto a las zarzas, que simbolizan el desorden. Hallamos también –y el elenco no terminaría aquí- flores de manzanilla (tranquilidad), y la pervinca azul, que la Edad Media considera la flor de la fidelidad y el Cielo.

Así, en un cuadro solo, Carpaccio nos ha ofrecido un compendio de la espiritualidad caballeresca, fundada sobre una visión dramática y alternativa de la historia. La vida es milicia, y la del caballero es un viaje, un itinerario erizado de obstáculos y probaciones, pero donde el auxilio procede de la virtud y del Cielo mismo. A la postre –después de haber derrotado al enemigo, quizás a los turcos, y tal vez a trueque de su misma vida- el caballero enfunda la espada. Ha combatido el buen combate, ha sido ejemplo de su época –y de la nuestra. Ahora espera el premio eterno.

lunes, 15 de septiembre de 2014

LA NOCHE DE WALBURGA DE GUSTAV MEYRINK

Gustav Meyrink
 
UNA NOVELA LUCIFÉRICA

Manuel Fernández Espinosa
 
 
LA PRAGA DE MEYRINK
 
 
La Praga que aparece en las inquietantes novelas de Gustav Meyrink (1868-1932) es un mundo poblado de seres fantasmagóricos y más que una ciudad parece un pandemónium onírico. Además de ser el escenario de “El Golem” (1914), Praga aparece en otra novela menos conocida de Meyrink: “La noche de Walburga” (1917).
De su biografía resaltaremos su origen bastardo: Meyrink (su verdadero nombre era Gustav Meyer) fue fruto de los amores extramatrimoniales entre un aristócrata germano y una actriz judía. Y a su condición de hijo natural hay que apuntar su temprano interés por el ocultismo: interesado por el espiritismo, por el teosofismo (empleamos el término guenoniano “teosofismo” para referirnos a la Sociedad Teosófica), la alquimia y la cábala. Fundó la logia de la Estrella Azul y formó parte de la Hermetic Order of the Golden Dawn (donde se iniciaron personajes como W. B. Yeats o Aleister Crowley). Más tarde, Meyrink se despegaría del teosofismo, emprendería una denuncia del espiritismo y se interesaría por las religiones de extremo oriente, como el taoísmo y el budismo. Otros datos biográficos que pudieran ser interesantes para el lector puede encontrarlos en cualquier semblanza biográfica, sin embargo nos parece fundamental para considerar su obra destacar su origen bastardo (que aparece proyectado en muchos de sus personajes) y el conocimiento del ocultismo y de las tradiciones esotéricas de occidente y oriente.
Aunque su éxito más clamoroso fue “El Golem”, queremos centrarnos en “La noche de Walburga” puesto que en esta novela Meyrink viene a desarrollar toda una “filosofía de la historia” en clave esotérica. El título de la obra es elocuente: “La noche de Walburga” es una ancestral festividad que tiene lugar del 30 de abril al 1º de mayo, siendo conocida también como la “noche de las brujas”. El nombre de “Walburga” alude a Santa Walburga (aprox. 710-777) que fue una monja inglesa que misionó en la entonces todavía pagana Europa central. A Santa Walburga se le atribuye especial patrocinio sobre sus devotos a los que defiende de los maleficios y las artes mágicas. Santa Walburga fue canonizada el año 870 y se la celebra esta noche, precisamente para conjurar el peligro de las brujas en una noche que, así se creía y cree en el norte y centro de Europa, los seres del más allá ven las puertas abiertas e irrumpen en nuestro mundo. En la literatura, la Noche de Walburga (también Walpurgis) aparece como una de las escenas del “Fausto” de Goethe.
Meyrink nos presenta una Praga dividida en dos mundos: el “Hradschin” y “Praga”. El Hradschin corresponde al distrito más antiguo de la ciudad, constituyendo un recinto fortificado, una ciudadela, que contiene el Castillo de Praga, la Catedral de San Vito y otros edificios de mucha solera. El Hradschin tiene en la novela un simbolismo político muy acusado: es en el Hradschin donde viven, prácticamente confinados, unos aristócratas anacrónicos y displicentes que nada quieren tener que ver con el resto de la ciudad. Puede considerarse a estos personajes como los descendientes de una casta impuesta por un poder extranjero que, en la compleja historia de Bohemia, correspondería históricamente al resultado de los avatares históricos y bélicos que hicieron de Bohemia un dominio de los Habsburgo en 1526. La acción de la novela se dispone en las vísperas de una revolución política y social que va a transgredir el orden vigente, como una erupción volcánica cuyas raíces subterráneas hay que buscarlas en el pasado histórico, pero donde jugarán un papel fundamental fuerzas preternaturales de carácter intemporal.
La novela de Meyrink toca tangencialmente las vicisitudes de la historia empírica de Bohemia, dando por sentado el conocimiento histórico del lector; lo cual es muy de agradecer por presumirnos su autor un conocimiento exhaustivo de la revolución husita y los multiseculares conflictos religiosos que tuvieron a Praga por escenario, pero es mucho suponer en un lector medio un conocimiento de aquellos disturbios religiosos y esos acontecimientos históricos que convulsionaron aquel reino de Bohemia. El resultado de aludir a estos episodios repercute en el lector en un incremento de la sensación onírica que produce todo el relato, que de suyo no se atiene a la historia fáctica en el "presente" de la acción, aunque se remite a hechos históricos anteriores en siglos a la acción que se relata. Además de estas cuestiones, cuyas claves históricas subyacen sin explicitarse, la obra ofrece una galería de personajes que, como en otras novelas de Meyrink, acusan una identidad quebradiza en el flujo temporal, son personajes con un “yo” que fluctúa, a la vez que las cosas inanimadas (como también ocurre en algunos pasajes de “El Golem” y en otras obras de Meyrink) parecen adquirir por momentos vida propia, asomando un cierto animismo.
La irrupción de temas propiamente ocultistas en la novela tiene lugar: primero, con la creencia chamánica del “ewli” y el “aweysha” y, después, de un modo mucho más siniestro, esas exóticas figuras del “ewli” y “aweysha” que acaparan una buena parte de la novela nos conducen hacia el personaje que parece estar detrás de todo lo que sucede, el verdadero protagonista: Lucifer, el ángel caído.
LUCIFER CON MITRA
La caracterización que hace Meyrink de Lucifer en esta novela que comentamos puede resultar extraña y novedosa, pero se ajusta a criterios de cierta verosimilitud iconológica y, por su bagaje ocultista, el autor nos ofrece trazos de una doctrina demonológica que sirven para penetrar en el "significado" que el ángel caído adquiere para la historia de los hombres y las sociedades. De esta manera, Meyrink arroja luces sobre el papel que Lucifer (el mal) reviste  en la historia: he ahí el meollo de la "filosofía de la historia" (de carácter esotérico) que se plasma en esta novela.
Lucifer es el motor de las revoluciones. Sirviéndose de los deseos del ser humano, el ángel que cayó por su rebeldía trastorna el orden vigente, subvirtiéndolo todo. En la novela importan poco las "ideologías" que puedan parecer alentar las revoluciones: se alude al socialismo, se mencionan anarquistas rusos, pero lo que verdaderamente sabe Meyrink es que esas "ideologías" no son sustanciales, la sustancia de la revolución es el pecado: la soberbia, la lujuria, la ambición, la venganza, la envidia. El movimiento político revolucionario no es descrito con lujo de detalles, parece arrancar de una situación de injusticia social y, aunque comienza reivindicando la justicia social, desemboca en la efímera restauración de un trono que está llamado a derrumbarse. Por eso, los pocos críticos que han tratado de interpretar esta novela ven en ella cifrados los acontecimientos de la revolución bolchevique tanto como una especie de anuncio de los que estarían por realizarse con el advenimiento del nacional-socialismo en Alemania.
Lucifer hace su aparición ante varios personajes de la novela. El primero que se lo encuentra es Thaddäus Flugbeil (alias “Pingüino”), uno de los habitantes del Hradschin que es el viejo médico de su alteza imperial. Este médico, en la soledad, se encuentra a Lucifer frente a él, lo identifica y lo interpela, escuchando el discurso luciferino:
“Al quitarse las gafas [Thaddäus Flugbeil] se encontró a un hombre ante él, desnudo, tan sólo con un taparrabos en las caderas, de piel morena, alto de estatura, increíblemente delgado y con una mitra negra, que lanzaba destellos azulados, sobre la cabeza”.
Más tarde, Liesel de Bohemia, una vieja prostituta, también le contará a Thaddäus que ha visto a Lucifer de la misma guisa. Y en el capítulo final, titulado “Los tambores de Lucifer”, Polixena también tendrá ocasión de verlo mezclado entre las turbas que llevan a cabo la revolución: lo verá bajo el mismo aspecto, pero pletórico y regocijándose en la orgía de sangre y crimen de los tumultos revolucionarios.
Es interesante que Meyrink nos haya pintado a Lucifer con mitra. Para comprender la aparición de una mitra en la cabeza del ángel caído hay que saber primero que la mitra es el tocado distintivo del orden episcopal. El primero de los obispos que se la ciñó en su cabeza a modo de corona fue San Silvestre, Obispo de Roma, cuyo pontificado fue del año 314 al 335. Más tarde fue ordenado que la mitra fuese usada por todos los obispos de la cristiandad, mientras que la Tiara parece reservarse en un sentido más estricto para el Obispo de Roma, el Papa. La mitra, como todos los objetos religiosos, tiene un rico simbolismo: se ha visto prefigurada en la transfiguración que experimentó Moisés tras recibir las Tablas de la Ley. La mitra tiene dos cuernos que simbolizan los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, así como los dos preceptos de la caridad: el amor a Dios y el amor al prójimo que tienen que observar los obispos para el mejor gobierno de su iglesia particular; las dos cintas que cuelgan de ella se llaman “vitte” y simbolizan los dos sentidos de la Escritura Sagrada: el sentido literal y el sentido espiritual, recordándole al obispo que ha de ser maestro en ambos sentidos. Las cintas cuelgan a la espalda, para enseñarle al obispo que lo que predica ha de realizarlo con las obras. El obispo suele disponer de dos mitras: una, la llamada "frigiata" (hecha de piedras preciosas como símbolo de la caridad, para llevar en las solemnidades y oficiar de pontifical) y la "mitra simple" que la lleva para otros oficios. Aquí el color es muy importante, como siempre en el simbolismo, y la mitra se recomienda que sea de color "blanco", como símbolo de la pureza.
La mitra que lleva Lucifer en “La noche de Walpurga” es de color negro e irradia destellos azulados. ¿Por qué pinta Meyrink a Lucifer con una mitra? ¿Se trata de un chiste anticlerical? Ni mucho menos: Meyrink no desliza aquí ninguna irreverencia anticlerical, pues sabe que desde los inicios del cristianismo, el obispo es llamado “ángel” por la Iglesia. Para el profano, los “ángeles” corresponden a seres creados espirituales, inteligencias puras, representadas de muchas formas, pero dominando la iconografía que los hace alados. Sin embargo, en el mismo Apocalipsis encontramos que los cristícolas se referían a sus obispos como “ángeles”. Dionisio Areopagita nos dice: “…no veo inconveniente alguno en que las Escrituras llamen “ángel” incluso a nuestro jerarca (obispo). Tiene la propiedad de ser, dentro de lo posible, como los ángeles, un mensajero. Tiene, además, la misión de imitar, según sus posibilidades, el poder revelador de los ángeles” (“La Jerarquía Celeste”).
Dionisio Areopagita sabía que “los órdenes inferiores no tienen la plenitud ni poder completo correspondiente a los superiores. Pero participan proporcionalmente en el poder de aquéllos como parte de la armoniosa, universal y equitativa comunión en que todos se entrelazan”. A los órdenes inferiores de la iglesia terrenal (visible y militante) no les es concedida la plenitud, pero participan proporcionalmente en el poder de las jerarquías celestiales. Si la mitra es uno de los objetos identificativos de la jerarquía eclesiástica (ciencia, actividad y perfección divinamente inspirada y estructurada) y un obispo es un "ángel", entenderemos que no es un despropósito figurarse (como hace Meyrink) que el ángel caído Lucifer, de incursión por la tierra, adopte la mitra en su visibilización, fiel a su entidad angélica: esta entidad, al ser invertida, encuentra en la negritud de su mitra todo el aspecto siniestro, mientras que los destellos “azules”, en consideración al simbolismo del color “azul”, subrayan este aspecto en la línea de la noche (el azul está relacionado con la noche y la inteligencia), insinuándonos el aspecto de la inteligencia angelical luciférica, por más depravada que ésta inteligencia sea en Lucifer.
En la novela de Meyrink tenemos uno de esos discursos atribuidos a Lucifer, como el famoso que Goethe pone en boca de Mefistófeles. El Lucifer de Meyrink nos revela que se entiende a sí mismo, en su soberbia, como “el dios en cuyas manos ponen los hombres sus deseos” y el taparrabos con el que se cubre las partes genitales, el mismo Lucifer nos dice que lo lleva por ser, de entre todos los “dioses” el único sexuado. Los deseos están asociados a la sexualidad: “La raíz más profunda e incomprensible de todo deseo descansa siempre en el sexo, aun cuando el retoño, el deseo despierto, no tenga aparentemente nada que ver con la sexualidad” -dice el personaje infernal.
Lucifer no reviste la condición de tentador mostrenco, sino que más bien se presenta como cumplidor de deseos: como Mefistófeles con Fausto, Lucifer está siempre dispuesto a cumplir los deseos de quienes viven dominados por el deseo. Para ello se sirve de la disociación entre el alma y el cuerpo de cada hombre: lo que el demonio cumple es el deseo implícito del alma del interesado, aunque el cuerpo pida explícitamente lo contrario. Los resultados, según se desprende de la novela de Meyrink, son espantosos, constituyendo así la médula de la filosofía de la historia que contiene “La noche de Walburga”.
La conclusión queda subyacente. Para evitar el drama histórico la humanidad debería suprimir los deseos o ser capaz (algo que no está al alcance de todos) de conciliar el deseo del alma con el deseo corporal, sin ruptura. Por otros caminos, Meyrink ha llegado a una conclusión que sí puede compartir el cristiano: es la “Puerta del Mediodía” en la teología mística de fray Juan de los Ángeles (1536-1609): “La puerta del Mediodía es la abnegación de la propia voluntad, porque nunca queda tan clara y resplandeciente el alma como cuando se niega y desampara a sí misma y nada le queda de propia voluntad”, pues “Con toda verdad te sé decir que nunca gocé de mi propia voluntad hasta que por Dios la negué, porque en Él se cobra mejorado lo que por Él se pierde o renuncia” (“Diálogos de la conquista del Reino de Dios”, fray Juan de los Ángeles).
Para poder escapar de la destrucción luciferina hay que escapar del torbellino de los deseos.

NOTA BENE:

"Walpurgis Nacht" de Gustav Meyrink está traducida al español por Pedro Gálvez, bajo el título de "La noche de Walburga", publicada en Bruguera, Barcelona, 1983.

jueves, 4 de septiembre de 2014

PARA UNA GRAFÍA HISPÁNICA




TIPOGRAFÍA HISPÁNICA COMO RASGO DE IDENTIDAD
 
Manuel Fernández Espinosa
 
En el año 2000, el ayuntamiento de Bilbao encargó a Alberto Corazón la normalización de la "letra vasca" (ver artículo). Marcar las diferencias, incluso en la tipografía, es un audaz golpe nacionalista que las mismas autoridades (por llamarlas de algún modo) españolas no entienden ni el alcance de su trascendencia. El movimiento cultural Euskal Pizkundea (Renacimiento Vascongado) había trabajado con anterioridad en este campo. Pero la victoria de Franco en 1939 detuvo el avance de esta silenciosa y audaz vanguardia cultural nacionalista vasca, que elaboraba, además de éste, otros nuevos desafíos al centralismo españolista (ver artículo).

Tipografía de Alberto Corazón, para Bilbao.


La reafirmación de una grafía había sido ensayada previamente en Irlanda, con la puesta en vigor de la caligrafía celta: el llamado alfabeto uncial irlandés que irrumpió como variante del alfabeto latino en 1571, paradójicamente, para un catecismo protestante mandado por Isabel I de Inglaterra. Hoy se emplea a título decorativo, aunque muchos periódicos conservan la grafía para sus cabeceras (ver artículo).


Tipografía uncial irlandesa.

Los nuevos tontos son tontos por no llevar hasta el final su tontería. Ministros actuales del gobierno de ocupación español no han tenido recato alguno en reducir España a los estrechos parámetros de una "marca" (la "marca España", pregonan esos del PP), pero en cambio ninguno se ha dado cuenta de que cualquier empresa ("marca" -para seguir con la analogía comercial) tiene sumo cuidado en la elaboración de su identidad corporativa. De tal modo que uno de los capítulos más importantes del sistema de diseño de las empresas mundiales lo constituyen los "elementos gráficos" (comprendiendo aquí la tipografía que caracteriza singularmente a una entidad). Lo que irlandeses y vascos han hecho está por hacer en España.

¿Tendremos que llamar a Tolkien para una hazaña así? No hace falta. No es menester inventar nada cuando se tiene una tradición más que milenaria. Lo que hay que hacer es volver a las raíces. Bastaría con tener un mínimo de cultura hispánica para saber cuál es la caligrafía que ha de reivindicar un movimiento consciente de su españolía más genuina. Hay que mirar a San Isidoro de Sevilla, como hiciera el gran Menéndez y Pelayo:

"Por siglos y siglos fué San Isidoro el grito de guerra de la ciencia española: nuestra particular liturgia, más que gótica, más que muzárabe, se llama isidoriana, aunque sus orígenes se remonten hasta los varones apostólicos. Isidoriana se llamó la letra de nuestros códices hasta que los cluniacenses introdujeron la francesa".

Isidoriana se llamó la letra de nuestros códices pre-cluniacenses. A estos códices han de volverse los ojos piadosos de los hombres de la tradición española. Normalizar una grafía y esperar que los hombres de la informática sean capaces de hacerla valer en este mundo digital. Los rótulos de las calles, de los bares, de los establecimientos, de la prensa de papel, de todo en nuestra propia caligrafía arcaica.

No más. Este artículo no es un ensayo, es un desafío a los que se dicen españoles y piensan como extranjeros, por haberse alejado de las fuentes puras de nuestra tradición auténtica, incorporando e importando pamplinas ajenas.


Grafía visigótica. Posiblemente muy parecida a lo que tendría que ser la isidoriana.


Artículos consultados:

"Alfabeto Bilbao", letrag, tipografía gratuita.
 
 
"La letra vasca: etnicidad y cultura tipográfica", Eduardo Herrera Fernández, Visual, nº 109, julio 2004.



"San Isidoro", Marcelino Menéndez y Pelayo, discurso en la Academia Hispalense de Santo Tomás de Aquino, octubre de 1881.

martes, 2 de septiembre de 2014

OCULTISMO Y SERVICIOS SECRETOS DE INTELIGENCIA



Johannes Tritemio, abad de Sponheim

LA POLÍTICA RACIONAL: ESA GRAN LOCURA PÚBLICA
 
 
"La magia es una gran sabiduría oculta, así como la razón es una gran locura pública"
(Teofrasto Paracelso 1493-1541).


Por Manuel Fernández Espinosa

Si tuviéramos que clasificar el mundo en lo que hace a regímenes políticos, un ingenuo nos diría que el planeta se divide en un gran bloque de democracias y un puñado de tiranías. Las democracias actuales encuentran todas ellas su antecedente en la democracia norteamericana (1781) y en la revolución francesa (1789). Las democracias podrán, según los casos, aproximarse más o menos al supuesto modelo ideal, pero se les concede que son "el menos malo de los regímenes" y la corrupción que en ellas pueda descubrirse se atribuye en todo caso a facinerosos que actúan por libre y a título particular. El término "democracia" es sobradamente anfibológico como para contentar a todos y no disgustar a los suficientes. Y justo es esa polisemia la que ha hecho de la "democracia" (que en principio no debiera ser otra cosa que un modo de organizar la vida política) un valor indiscutible para sus paladines. Bajo la vitola de democracia se evocan muchas, dispares y hasta contrapuestas realidades: la democracia ateniense o la democracia tradicional de los diversos reinos cristianos de la península ibérica medieval, la democracia liberal, la democracia real de los países comunistas... ¿Tienen algo en común además del título "democracia"?
 
Si algo ha hecho la democracia moderna actual es ocultar la esencia del poder, disimular la esencia del poder de un modo magistral, sirviéndose de todos los mecanismos -sobre todo de la propaganda. El poder político hay que recibirlo en herencia o conquistarlo. Una vez conquistado (o heredado: legítima o ilegítimamente) el poder hay que conservarlo contra enemigos externos e internos. Para preservar el poder (que, sin entrar en más detalle, podríamos definirlo como una situación que permite influir en la vida de millones de almas), para preservar -decimos- el poder cualquier Estado, gobierno o gavilla de logreros que lo haya alcanzado tiene que disponer de lo que vulgarmente se llama "servicios secretos de inteligencia". Los servicios secretos de inteligencia se dedican fundamentalmente a acaparar información de todo aquello que pueda ser una amenaza para el que tiene ese poder. Los métodos de los servicios secretos pueden ser más o menos sofisticados y casi nunca son lícitos moralmente, pues supone muchas veces conculcar ciertos derechos que se pregonan, pero no existen a la hora de la "Realpolitik". El espionaje, el contra-espionaje e incluso la investigación científica y la experimentación en orden a crear nuevas y cada vez más poderosas armas es consustancial a los servicios secretos de inteligencia.
 
Cuando hablamos de servicios secretos de inteligencia pensamos en la CIA, en la antigua KGB, en el Mossad, en el CNI español y nos imaginamos que se trata de entidades contemporáneas, pero los "servicios secretos de información" siempre existieron, pues el que tiene el poder siempre requiere de sus servicios que son secretos (mientras interesa que lo sean) y no se limitan a la mera información. Pero repetiré otra vez: los servicios secretos de información siempre existieron.
 
Podríamos ir más atrás, pero pensemos en el reinado de Felipe II y el escándalo que se propició a cuenta de Antonio Pérez o, por la misma época, en el dramaturgo y espía Christopher Marlowe. Ahora bien, todo esto, ¿qué relación podría tener con el ocultismo?
 
Para una definición de ocultismo, válganos ésta: "Ocultismo: Ciencia de las cosas ocultas. Pueden ser ocultas voluntariamente, como un secreto iniciático, o porque las fuentes o las tradiciones de que proceden estén más o menos veladas o ignoradas. También porque ofrezcan un carácter sobrenatural o inexplicado. Sea como fuere, tienen estos fenómenos una parte doctrinal y otra experimental. Si esta parte doctrinal es metafísica, el ocultismo toma el nombre de ocultismo metafísico. Dentro de éste se halla el hermetismo y el esoterismo. La parte práctica del ocultismo se llama magia." (La definición literal es de Eduardo Aunós).
 
No es extraño que un ocultista como Johann von Heidenberg (1492-1516), más conocido como el Abad Tritemio, sea considerado el pionero de la criptografía. Este monje benedictino había fundado una sociedad semi-secreta llamada Sodalitas Celtica (Cofradía Céltica: sociedad que nada tenía que ver con los druidas ni con los míticos celtas, por cierto, sino que recibía el nombre en honor del humanista alemán Conrad Celtis). Tritemio escribió un libro fundamental para la ocultación de mensajes: la "Steganographia" (año 1500). Puede suponerse lo útil que resulta para un espía dotarse de un sistema criptográfico.

 
Lejos de imaginar conspiraciones (ya sabemos todos: que si masones, que si illuminatis y, en el colmo del delirio, hasta reptilianos), enfoquemos este asunto con el rigor que dan los documentos históricos que, si no de un modo explícito, vienen a ilustrar esta conexión entre ocultismo y servicios secretos de inteligencia. Por supuesto que no se trata de pensar que todos los agentes de la CIA sean nigromantes ni brujos, puede haber dignos caballeros padres de familia que, como se ve en las películas, si eliminan a alguien es por una orden superior y por entender que es en bien de su nación, sin necesidad de hacer rituales extraños ni ser especialistas en literatura ocultista.
 
Pero, veamos que esto del ocultismo y las agencias gubernamentales de información está más relacionado de lo que a primera vista se pudiera pensar.
 
Cuando el III Reich sucumbió ante la pinza de aliados y soviéticos, empezó a saberse (por exagerado que lo haya hecho la propaganda) que el núcleo del partido nazi era de índole ocultista: la sociedad Thule, la sociedad Vril y tantos otros grupos esotéricos, surgidos en el elemento idealista y romántico alemán, venían a ser como unas clandestinas centrales de ideas y símbolos, de creencias que, si al principio eran de ámbito restringido (a los miembros de esos grupos), más tarde se implantarían de una manera u otra en lo público. La misma SS de Heinrich Himmler tuvo una Anhenerbe. La literatura sobre el caso nazi abunda lo suficiente como para que no nos detengamos demasiado a considerarla. Pero, ¿era este fenómeno algo exclusivo de los nazis? ¿era -como quiere la propaganda aliada- una locura propia de los nazis alemanes?
 
OCULTISTAS EN LOS SERVICIOS SECRETOS BRITÁNICOS
 
Louis de Wohl

Ni mucho menos -podemos aseverar. Se ha hablado mucho del ocultista judío Hanussen que prestó sus servicios astrológicos a los más eminentes personajes del III Reich: Hitler, Goebbels, Himmler y que terminó asesinado en circunstancias extrañas. O de Karl Maria Willigut. Pero menos se ha hablado de los servicios prestados a Gran Bretaña por el ilusionista inglés Jaspers Maskelyne, o los rituales de magia negra que Churchill encargó al satanista Aleister Crowley o los servicios que prestó a Gran Bretaña el astrólogo Louis de Wohl, judío húngaro más conocido por sus novelas históricas como católico. A un lector lego, puede parecer una broma más de Evely Waugh, pero Waugh sabe de lo que habla cuando, en su novela "Rendición incondicional", nos presenta a un tal Doctor Akonanga que ha sido contratado por los servicios secretos británicos para fabricar pesadillas a Joachin von Ribbentrop, ministro nazi.
 
OCULTISTAS EN LOS SERVICIOS SECRETOS NORTEAMERICANOS
 
Jacks Parsons
 
Mucho se ha hablado sobre la captación de científicos nazis por parte de USA y de la URSS: el caso más sobresaliente es el de Wernher von Braun, pero un ingeniero aeroespacial menos conocido y norteamericano, no alemán, fue John Whiteside Parsons (1914-1952) que, a la vez que trabajaba para el Guggenheim Aeronautical Laboratory era seguidor de Crowley y que practicaba la magia negra en compañía de L. Ron Hubbard, fundador de la Iglesia de la Cienciología.
 
OCULTISTAS EN LOS SERVICIOS SECRETOS SOVIÉTICOS
 
Gleb I. Boki
 
Mucho se ha hablado de Himmler, buscando el Santo Grial (a eso vino a España, afirman algunos), pero pocos han hablado de la febril búsqueda del Zhezl (el báculo de los infiernos). Y es que, en la Unión Soviética, donde el ateísmo era la "religión estatal", también encontramos nexos entre ocultismo y servicios secretos. El escritor ruso Alexander A. Boushkov en su libro "NKVD. La guerra contra las fuerzas ocultas" nos presenta copiosa información sobre las andanzas de Gleb Ivanovitch Boki (1879-1937). Gleb Boki era jefe del Departamento Especial del OGPU-NKVD, pero su marxismo no le impidió relacionarse con la Hermandad Unitaria de Trabajadores (una sociedad secreta paramasónica rusa que practicaba el ocultismo): el propósito de Boki era poner lo paranormal al servicio de la revolución soviética, por eso creó todo un departamento secreto que estudió, entre otras cosas, la localización y búsqueda de la mítica Agartha y el chamanismo. Uno de los objetos mágicos de poder que su unidad especial buscó (y parece que adquirió) fue el llamado "báculo de los infiernos".
 
Aunque no haya presentado nada más que la punta del iceberg, lo que parece fuera de toda controversia es que los servicios secretos de inteligencia han mantenido (durante toda la historia, también en el siglo XX) una relación innegable con algunos ocultistas. Esta cuestión, planteada así, puede resultar extraña para quienes se mueven en una visión racionalista del mundo. Más allá del conspiracionismo que nos parece cada día más insustancial y desquiciado, lo que nos interesa en esta cuestión es tener muy claro una cosa. El sujeto que quiere conquistar el poder, conservarlo y ampliarlo no se detiene ante nadie ni ante nada. Los mismos Estados que se proclaman aconfesionales, laicos e incluso ateos, han podido dejar de creer en Dios, pero ni los secuaces del materialismo dialéctico de Marx han dejado nunca de tantear y maniobrar en el lado oscuro de la magia.
 
El médico y alquimista Teofrasto Paracelso (otro ocultista) lo sabía bien y por eso lo dijo mejor que ninguno:
 
"La magia es una gran sabiduría oculta, así como la razón es una gran locura pública".

viernes, 29 de agosto de 2014

ALGUNAS CLAVES DEL URANISMO

El andrógino alquímico
Manuel Fernández Espinosa

En la correspondencia epistolar de Friedrich Engels puede encontrarse una carta a Karl Marx en la que podemos leer: "Los pederastas empiezan a contar y descubren formar una potencia en el seno del Estado. Solo faltaba una organización, pero según este libro parece que existe ya, en secreto. Y puesto que hay hombres tan importantes en los viejos partidos tanto como en los nuevos, de Rösing a Schweitzer, su victora es inevitable: De ahora en adelante será: "Paz a los coños, guerra a los ojetes"." (Carta de F. Engels a K. Marx, Manchester, 22 de junio de 1869).
 
Engels estaba en Inglaterra y por lo tanto no estaba al margen de los primeros pasos que el movimiento homosexual estaba dando. Tampoco Marx estaba ajeno a esta fuerza emergente. En esta carta Engels se refería a los libros del teórico del "tercer sexo": Karl Ulrichs. Ulrichs había escrito a Marx, mandándole libelos que reclamaban la liberalización homosexual. Engels y Marx no veían con buenos ojos esos planteamientos.
 
El mismo Ulrichs sería conocido por su teoría del "tercer sexo", teoría a la cual Engels calificaba como "obscenidad" convertida en teoría. Pero no era solo en la Europa occidental, entre los occidentalistas rusos Nikolái Konstantínovich Mijailovski (1842-1904), continuador de Chernishevski y conspicuo publicista del grupo naródniki (revolucionarios demócrata-populistas rusos), proclamaba la supuesta superioridad del hermafroditismo.
 
Otra vez en Inglaterra, corriendo el año 1897, un tal George Cecil Ives fundaba con otros colegas sodomitas suyos la Order of Chaeronea, una sociedad secreta para homosexuales, entre sus trabajos clandestinos figuraba el estudio de los medios conducentes a normalizar socialmente el homosexualismo: cien años después vemos que lo han conseguido en una gran parte del planeta.
 
En otro contexto Ernst Jünger se percata de que: "La comunidad de atuendo se extiende no sólo a todas las edades de la vida, sino incluso a la diversidad de los sexos, y se nos viene a la cabeza este notable pensamiento: que el descubrimiento del trabajador va acompañado del descubrimiento de un tercer sexo". Para el que esté familiarizado con el pensamiento del autor alemán no pasará desapercibido que el "trabajador" reviste para Jünger unas connotaciones que superan los análisis marxistas. Al "trabajador" dedicó Jünger un perspicuo ensayo ("El Trabajador. Dominio y figura"). Jünger no trataba en modo alguno de justificar situaciones, sino que trataba de explicárselas y explicarlas a sus lectores, viendo surgir en el horizonte un mundo cuya figura (Gestalt) predominante sería justamente la del Trabajador. El ensayo de Jünger resultó muy acertado en muchos puntos concernientes a la metanoia del mundo contemporáneo. En este punto también acertó el escritor teutónico.
 
La teoría del "tercer sexo" de Ulrichs es antecedente de la actual "ideología de género", pero sus supuestos habría que irlos a buscar en antiguas tradiciones filosóficas como la expuesta por Pausanias en el "El banquete" de Platón, donde se diferenciaban dos "Afroditas", correspondiendo el homosexualismo a la Afrodita Uránica. Ulrichs extraería de ahí el término "uranismo". Otras antiguas creencias esotéricas, como la del andrógino, están en la base de este pensamiento; para este asunto de la androginia es muy recomendable leer el libro que escribiera Mircea Eliade titulado "Mefistófeles y el Andrógino". En la alquimia, que es algo más que la precursora de la química (como sostienen los legos), el andrógino también ocupa un papel importante.
 
Conviene recordar que también es en "El banquete" de Platón donde hallamos el mito del andrógino, contado por Aristófanes. Allí Aristófanes nos revela que, según el antiguo mito, existían tres sexos: el masculino, el femenino y el andrógino. Aquí está el origen de la vulgar creencia en "la media naranja". Sin embargo, el mito del andrógino es mucho menos apacible de lo que puede parecer a los enamorados románticos con su teoría de la "mitad" que a cada uno le faltaba para completarse: el andrógino es un transgresor de la ley divina, comete un pecado (no una "falta" como está de moda decir en la teología blanda). El pecado (peccatum) es la deliberada transgresión de preceptos religiosos y, aunque en el mundo griego el concepto de pecado no pueda asimilarse al concepto cristiano, la palabra puede valer si la entendemos como "hybris", esto es: la desmesura de quien no se conforma con lo que tiene y pretende lograr por medios ilícitos lo que no le pertenece. El andrógino quiso escalar al Olimpo, fiando de sí mismo; y por ese atrevido desacato Zeus lo castigó, dividiéndolo en dos mitades. Son muchas las interpretaciones que de este mito podemos encontrar, pero merece que reparemos en que ese supuesto sexo fue rebelde, como Prometeo, como Lucífer.
 
Un estudio de las tendencias contemporáneas que esté desprovisto de estas claves de la tradición mitológica y filosófica puede ser cualquier cosa, menos un estudio completo.

jueves, 28 de agosto de 2014

EL TERROR DE LA PRESENCIA INQUIETANTE


 
PRIMERA TENTATIVA: "EL HORLA" DE MAUPASSANT

El género literario de terror es uno de los más seguidos por el público. Con este artículo y algunos otros que iremos publicando tratamos de profundizar en las razones metafísicas, religiosas, morales y políticas relacionadas con este asunto. Esta es la primera de las tentativas.


 




Manuel Fernández Espinosa

Más vale solo que mal acompañado -eso extraemos de uno de los relatos más inquietantes de Guy de Maupassant (1850-1893): "El Horla". Buen nombre para un barco, pero a poco que vayamos ingresando en este relato, escrito en forma de diario, iremos sintiendo la desesperación creciente a la que se aboca el anónimo protagonista, que bien podría ser el mismo Maupassant.

Este relato constituye uno de los mejores que escribió este escritor francés. Podríamos tratar de explicar su génesis en las alucinaciones hipnagógicas que el mismo autor sufrió, posiblemente -nos dirían sus biógrafos- debido al frecuente uso que hiciera de ciertas drogas que tomaba como paliativos a una enfermedad que avanzaba irreversiblemente contra el mismo.

No obstante, mucho mejor que veamos en este relato el precursor de los "primordiales" de Lovecraft, aquel monstruoso Cthulhu, pero también tiene "El Horla" reminiscencias de "El Vril, el poder de la raza venidera", de E. Bulwer Lytton. El caso es que esta literatura de terror, como toda buena literatura de esa especie, no tiene su sentido último en el entretenimiento, tampoco en suscitar ese miedo con el que muchos gustan de sugestionarse (como "burgueses" siempre en dosis controladas).


 
La buena literatura de terror es el diagnóstico de una época. En una época como la moderna -racionalista, materialista y positivista- las almas más receptivas, a pesar de que algunas de esas almas se declararan agnósticas y ateístas, comprendieron que no todo podía explicarse desde los parámetros de la Razón Ilustrada. Por eso, primero la novela gótica, luego el romancismo y hasta nuestros días -con la ciencia ficción, incluso- se han ido trazando los mapas del género literario del terror: vastas geografías pobladas por monstruos que se erigen en ese desierto de espejismos -nuestro presente- en que el hombre malvive. Es el destino de la existencia, cuando se ha dejado de vivir en la sociedad tradicional, perdiéndose las seguridades que daban y siguen dando (a unos cuantos que por ello nos consideramos dichosos) la religión y las tradiciones venerables de nuestros mayores. Sin identidad, sin rumbo, cargado con una multitud de temores, el hombre moderno reacciona así frente al yermo: aparecen los seres fantásticos, fruto de su imaginación, excitada por la pérdida de la verdad firme, terrores evanescentes se condensan como frutos deletéreos del delirio. Desde el vampiro hasta el Horla, la nueva psico-zoología que nos presentan estos bestiarios modernos puede o no remontarse a tradiciones incluso precristianas, pero no dejan de ser eso: el diagnóstico de una edad extraviada, en la que se ha perdido la religión y el orden tradicional.


Pero volvamos a "El Horla": publicado en una recopilación que llevaba el mismo nombre, apareció en París allá por mayo de 1887.

Vemos la nostalgia del protagonista, nostalgia de un orden desaparecido: el de la sociedad tradicional. "Me gusta esta región -dice el hadario narrador que cuenta la siniestra experiencia-, y me gusta vivir en ella porque aquí tengo mis raíces, esas profundas y delicadas raíces que ligan a un hombre a la tierra donde sus abuelos han nacido y han muerto, que lo ligan a lo que allí se piensa y se come, lo mismo a las costumbres que a los alimentos, a las locuciones locales, las entonaciones de los campesinos, los olores del suelo, de los pueblos y del propio aire". Se trata, como muchos personajes de la literatura decimonónica, europea y finisecular, de un hombre que ha abandonado el trajín de la gran ciudad y que ha regresado a la aldea natal, buscando el arraigo perdido por la industrialización y su consecuente urbanización.

El inicio del relato es halagüeño. No vamos a desvelar la trama. Mejor que nuestros lectores lo hagan por sí mismos; pero sí diremos que el estado del protagonista va agravándose por momentos, tras entrar en una vorágine de presagios, estados de ánimo y una creciente sensación de estar siendo observado desde lo invisible.

La invisibilidad es el núcleo de todo este cuento terrorífico: la amenaza está agazapada en lo invisible: "¡Qué profundo es este misterio de lo Invisible! No lo podemos sondear con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo demasiado próximo ni lo demasiado remoto, ni los habitantes de una estrella ni los habitantes de una gota de agua...". Recordemos que poco antes de 1887, el médico alemán Heinrich Hermann Robert Koch había trabajado con el ántrax, refrendando lo que Pasteur había vislumbrado sobre el origen de algunas enfermedades contagiosas: la acción fatal y letífera de gérmenes microorgánicos. Koch descubriría en Berlín el "bacilo" que lleva su nombre, origen de la tuberculosis, la enfermedad romántica por antonomasia que hiciera estragos en el siglo XIX. Más tarde, el mismo Koch descubriría en Calcuta el bacilo que originaba el cólera, enfermedad que ocasionaba tanta mortandad. Lo invisible -como nos dice Maupassant- es un misterio.

En un momento del relato, el protagonista de "El Horla" va al Monte Saint Michel, buscando consuelo al mal que lo atenaza. Se admira ante el espectáculo pétreo del gótico: "Tras subir por la calle estrecha y empinada, entré en la más admirable morada gótica construida para Dios sobre la tierra, vasta como una ciudad, llena de salas bajas aplastadas bajo bóvedas y altas galerías que sostienen frágiles columnas". Allí, en aquel Santuario mantiene una conversación con un fraile que también insiste sobre el poder incontrolable de lo invisible: "¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe?" -le dice el religioso a nuestro protagonista. A su regreso del Monte Saint Michel el protagonista se cree curado, recuperado de su mal.

En la visita al Monte Saint Michel hay una clave: el personaje hace un intento de volver a la religión, pero su infortunio consiste en no poder creer, para él -como para Nietzsche- "Dios ha muerto", y su lugar -imposible de ocupar por el hombre- va siendo ocupado por criaturas que sustituirán al hombre: llámense como se quiera. Maupassant habla de un ser que se perfila en el horizonte, más evolucionado que el hombre, pero terrible: su terrorífico Horla. La visita del personaje a Saint Michel no es una peregrinación, es un desplazamiento en el espacio profano, con la finalidad pragmática de escapar de su casa -donde se oculta el terror del Horla, todavía sin identificar. Al retornar a su hogar, descubre que la visita a Saint Michel no ha surtido efecto: por mucho que añore la tierra natal, las costumbres del pueblo y la paz de la aldea, nuestro protagonista es un hombre moderno. Su mal no puede ser curado, porque su mal es el daño sin paliativos que siglos de irreligión han ocasionado en las almas europeas.

En una entrada de ese enigmático diario, el personaje nos muestra su escepticismo político: "Fiesta de la República [...] es muy idiota estar contento, en fecha fija, por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente rebelde. Le dicen "Diviértete". Y se divierte. Le dicen: "Vete a luchar contra el vecino". Y va a luchar. Le dicen: "Vota por el Emperador". Y vota por el Emperador. Y luego le dicen: "Vota por la República". Y vota por la República."

El nihilismo del personaje no perdona ni una: tampoco se escapan de la imbecilidad los gobernantes, del Imperio o de la República. Para él, incluso son peores que el populacho, pues los dirigentes políticos "...obedecen a unos principios, los cuales no pueden ser sino necios, estériles y falsos, por el mero hecho de ser principios, es decir ideas tenidas por ciertas e inmutables, en este mundo donde nadie está seguro de nada...". He aquí la explicación de su incurabilidad. Aunque ha retornado a la aldea, por mucho que haya ido a buscar en el Monte Saint Michel el fármaco a su mal, el personaje es un moderno irrecuperable, un desahuciado, un nihilista. El desenlace de la historia no voy a servirlo aquí, léalo el interesado. Pero sí diré que Guy de Maupassant ingresó, enfermo pero lúcido, en un sanatorio mental. Y allí, sumergido en la locura, murió en 1893... Tal vez lo matara el Horla.

El género de terror es un género literario al que hay que ir con algo más que el prurito de padecer sensaciones. Sobre todo en estos tiempos que corren.

lunes, 25 de agosto de 2014

LA ESTADOLATRÍA LAICISTA DE ORTEGA Y GASSET



EL LAICISMO CONTRA LOS DERECHOS DE LOS PADRES


Manuel Fernández Espinosa


En 1910 el filósofo madrileño José Ortega y Gasset pronunciaba en la Sociedad "El Sitio" de Bilbao una conferencia bajo el título "La pedagogía social como programa político". La tesis principal de esta conferencia se concreta en la europeización de España como solución al "problema de España". Y como tarea urgente Ortega y Gasset plantea la cuestión pedagógica: "la pedagogía es la ciencia de transformar las sociedades", entendiendo que la cuestión política deviene pedagogía social. Muchos años antes de la acuñación del término "metapolítica" es como si Ortega lanzara una metapolítica cuya punta de lanza sería lo pedagógico: para europeizar España y transformarla, hasta "hacer de ella otra cosa distinta de lo que hoy es".
 
Uno de los asuntos que aborda es la polémica cuestión de la existencia de la escuela confesional (católica). La posición que Ortega defiende es la de imponer la Escuela Laica, esto es "la instituida por el Estado" y se muestra abiertamente enemigo de la libertad de enseñanza. Ortega se pronuncia con rotundidad, negando el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, con estas palabras:
 
"No compete, pues, a la familia ese presunto derecho de educar a los hijos: la sociedad es la única educadora, como es la sociedad único fin de la educación: así se repite en las aplicaciones legislativas concretas la idea fundamental de la pedagogía social: la correlación entre individuo y sociedad".
 
Con ello estaría posicionándose en contra del Artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que asienta que:
 
"Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos".
 
La actitud que guarda Ortega en lo concerniente a la enseñanza es coherente con el laicismo y, por ello mismo, totalitaria, así es como dice: "Para un Estado idealmente socializado lo privado no existe, todo es público, popular, laico. La moral misma se hace íntegramente moral pública, moral política". Pero, toda vez suprimida la enseñanza confesional, ¿por qué se la sustituye? Por la voluntad del Estado.
 
Es la estadolatría de Ortega, desplegada en la capital cuestión de la enseñanza. Contra la Escuela laica asestaría los más demoledores golpes dialécticos D. Juan Vázquez de Mella:
 
"...procede preguntar -decía el gran pensador tradicionalista- si debe existir una sola persona colectiva o si deben existir varias en la sociedad. Si no hubiera más que una, el Estado sería el tirano de Hobbes y Maquiavelo, o el socialismo político de la Estadolatría moderna, y las demás personas existirían por concesión suya. Y si las personas colectivas no existen más que por concesión y tolerancia del Poder, la libertad de las individuales sufre un golpe de muerte, porque si no pueden juntar sus fuerzas más que a capricho del Poder central, carecerán del derecho natural de asociación, y negado ese derecho no habría razón alguna para que no se nieguen los demás; y como ese es el medio de desarrollarlos y de protegerlos todos contra las invasiones del Poder, destruído el medio y derribado el baluarte, caerían sepultados debajo de sus ruinas y no quedaría triunfante más que una tiranía solitaria, rodeada de sepulcros".
 
(Vázquez de Mella, Discurso en el Teatro Principal de Barcelona, 24-4-1903).
 
La Estadolatría que preconiza aquí Ortega y Gasset, negando el derecho de los padres a elegir la enseñanza de sus hijos, no parece que se cohoneste con la fama que el filósofo madrileño tiene de liberal. Pero tampoco es un alarde de realismo ni de lógica. Ese Estado laico -cuyo paladín aquí es Ortega: ¿Dispone de alguna verdad, de algún principio fijo? Ortega pretende que el Estado laico imponga su enseñanza laica, anulando cualquier otra enseñanza: ¿pero "quién" o "qué" es el Estado? Si el Estado -por ser Estado- puede imponer una enseñanza sobre todos, sin respetar la voluntad de la familia, cualquiera que llegara a conquistar el Estado (a través de los medios que fueren) podría suprimir los programas de enseñanza anteriores, para implantar otros más acordes con sus intereses. De este modo podría justificarse cualquier enseñanza en virtud de que la impone el Estado, aunque los que formen el Estado hayan llegado a él usurpándolo, mediante medios violentos o fraudulentos.
 
La cuestión planteada por Ortega y Gasset a principios del siglo XX todavía está palpitando en nuestros tiempos. La solución no era, como afirmaba Ortega, la "europeización de España". La solución a la cuestión se la daba Vázquez de Mella. La libertad no puede ser una abstracción, tiene que concretarse. La institución más competente para educar es la familia, no el Estado; y como los padres no pueden instruir a los niños en todas las disciplinas, sí que han de contar con el derecho inalienable de poder elegir los centros de enseñanza que más se adecuen a sus creencias y convicciones.

El presunto liberal se mostraba así como exponente del totalitarismo estatal y pedagógico. Y el pensador tradicionalista abogaba de este modo por la libertad real.