miércoles, 19 de agosto de 2015

LA ETERNIDAD CONTRA LA HISTORIA

Cioran, Ionesco y Eliade
 
 
 
LA CLAVE RELIGIOSA DE LOS GRANDES RUMANOS
 
 
 
 Manuel Fernández Espinosa
 
 
 
 
El carácter de una nación hay que ir a buscarlo a la "inteliguentsia" que, en momentos históricos fecundos, tan frecuentemente críticos y dramáticos, es la que mejor ha  hecho patente las constantes espirituales que subyacen en su pueblo. Aquí hay que tener especial cuidado, habida cuenta de haberse depauperado el término "inteliguentsia" al restringirse a esa clase de intelectuales importadores de ideas extrañas y perniciosas para un pueblo. Aunque el término sea relativamente reciente, la intelectualidad de una nación ha desempeñado siempre una función determinante en el rumbo que una sociedad ha tomado. Obviamente, si la intelectualidad se ha vendido a ideologías artificiales y extranjeras, el efecto de la intelectualidad sobre la nación ha sido nocivo; pero si la intelectualidad ha permanecido fiel a la tradición propia de ese pueblo, entonces sí ha rendido un servicio grandioso, conservando piadosamente, custodiando y defendiendo la identidad de su nación, interpretando y dando voz a los que calladamente perpetuaron ese pueblo con sus propias y particulares singularidades nacionales. Y, a la postre, si el trabajo ha sido de rango universal, han puesto a su nación en una posición de hegemonía cultural.
 
Eso fue lo que ocurrió en Rumanía en el siglo XX. Rumanía ha dado en el curso del siglo XX una pléyade de personalidades de indiscutible categoría universal: sea el caso del filósofo E. M. Cioran, del dramaturgo Eugène Ionesco, del escritor Vintila Horia, del filósofo de las religiones Mircea Eliade. Podríamos citar a más, pero estos cuatro forman una tetrarquía de figuras intelectuales de relieve mundial, mientras que otros como Lucian Blaga, Alejandro Busuioceanu, Nae Ionescu, Mircea Vulcanescu, Constantin Noica... etcétera son personajes menos conocidos por no estar suficientemente traducidos a otros idiomas europeos o por otras ingratas razones, pero no menos fundamentales (sobre todo para sus compatriotas mencionados más arriba que sí alcanzaron la celebridad mundial).

¿Cuál fue la matriz de esta pléyade de intelectuales rumanos capaces de destacar no sólo en la cultura de su país, sino en la cultura universal? La Universidad de Bucarest se convirtió en un foco eficaz de cultura, hasta el punto que Bucarest llegó a ser llamada "la París de los Balcanes". La personalidad de Nae Ionescu, profesor de Teoría del Conocimiento, Lógica y Metafísica ejerció un influjo formidable sobre una juventud patriota. Diarios como "Cuvântul" (La palabra) o revistas como "Gandirea" (El pensamiento) divulgaron el pensamiento que se estaba produciendo en los nidos. Y una fuerza política religioso-patriótica: la Legiunea Arhanghelul Mihail (Legión del Arcángel Miguel) que se implementó en 1930 con la Garda de Fier (La Guardia de Hierro), fundada por Corneliu Zelea Codreanu en 1927, recibió a las juventudes rumanas de toda condición, haciéndole hueco a esos intelectuales que se estaban formando por aquellos años. El movimiento legionario, brutalmente reprimido por el nazismo y por el comunismo, no alcanzó sus objetivos políticos, pero sembró con la sangre de sus mártires la semilla de una Rumanía perenne y futura.

Cada uno de los de nuestra tetrarquía intelectual rumana, fraguada en el crisol de virtudes guerreras del movimiento legionario, escaparía más temprano o más tarde de una Rumanía que, nación martirizada, se convertiría en satélite de la URSS. Empezaría para ellos un éxodo que los llevó de un país a otro, hasta establecerse antes o después en Francia, en España o en Estados Unidos. Pero si algo compartieron los cuatro grandes rumanos, además de la dura escuela de ascesis guerrera del Movimiento Legionario (Nae Ionescu comparaba las ordenanzas del Movimiento Legionario con los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola), lo que tuvieron en común, además de los reveses y las derrotas, fue redescubrir el fondo de la rumanidad en un hecho que es clave para comprender la obra de cada uno de los cuatro: la aversión al tiempo histórico, la desconfianza por la historia y sus señuelos.

Toda la obra ensayística y aforística de Cioran no podría comprenderse sin ese fondo rumano. A la lucidez que reprueba toda ilusión -como bien ha destacado su traductor e introductor en España, Fernando Savater- le es solidaria la desilusión por la Historia, entiéndase bien, no la decepción de estudiar Historia, sino la decepción que sigue a todo esfuerzo por hacer Historia: "A causa de mi prejuicio en contra de todo lo que termina bien, me vino el gusto por las lecturas históricas" -dice en "Del inconveniente de haber nacido". Y podríamos ser más prolijos citándolo, pero no es nuestro propósito: quien ha leído a Cioran podrá comprobar cuánta razón nos asiste para establecer que la animadversión por el tiempo histórico está a la base de toda su producción filosófica, que tan magistralmente se demora en la podredumbre. Cioran no es existencialista, es rumano.

En el caso de Vintila Horia esta constante se hace más consciente: "Los dacios, antepasados del campesino del Danubio, creyendo en un Dios único mucho antes de la Era cristiana, no temían a la muerte, que concebían como una recompensa. Lloraban cuando alguien nacía y festejaban alegremente la entrada en la muerte, que no era para ellos sino una manera personal de liquidar la futilidad histórica y de penetrar en la seriedad de lo atemporal, es decir, en la eternidad" -escribe Horia en "Diario de un campesino del Danubio".

Y lo que rige para estos dos correligionarios rumanos es la clave fundamental de toda la magna obra de Mircea Eliade, autor sin el cual es ocioso tratar de comprender las religiones. Su vastísima erudición no parece haberla reunido sino para refrendar su profunda aversión por el tiempo histórico, redimido en el mito y el rito: "Llamamos "caída en la historia" -dice Eliade- a la toma de conciencia, por el hombre moderno, de los múltiples condicionamientos históricos de que es víctima." Y toda la investigación eliadeana se aplica al conocimiento de todas las religiones para descubrir en ellas formas por las cuales escapar a los "condicionamientos históricos", pues para Eliade: "las raíces de la libertad deben ser buscadas en las profundidades de la psique y no en las condiciones creadas por ciertos momentos históricos; dicho de otro modo, que el deseo de la libertad absoluta se encuentra entre las nostalgias esenciales del hombre, sea cual sea su grado de cultura y su forma de organización social".

Esto es algo más que un pésimo estado de ánimo transitorio -como superficialmente se entiende a Cioran. Es un anhelo apremiante de alcanzar un remanso al margen del río violento de la historia. Y hasta una estrategia para sobrevivir: "Se trata aquí -dice Vintila Horia- de una raza espiritual, me atrevería a decir, que acepta en apariencia el orden asfáltico de las ideologías, pero que continúa practicando su filosofía y su religión, estrechamente emparentadas, por otra parte" -la figura del campesino del Danubio, que Horia escogió para título de su diario, se revelaría así como una constante que a la vez puede ser cualquiera que dé la espalda a la historia con sus imposiciones y las marchas triunfales de las ideologías artificiales, pues como sabía Eugène Ionesco: "Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos unen".

Es la expresión, en todos ellos, de una nostalgia infinita por un "in illo tempore" que le hace decir a Eugène Ionesco:

"El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá".

sábado, 15 de agosto de 2015

NO DESPERTÉIS JAMÁS A LA SERPIENTE

Edward Bulwer-Lytton
 
 
Manuel Fernández Espinosa




WAKE THE SERPENT NOT

Wake the serpent not – lest he
Should not know the way to go, –
Let him crawl which yet lies sleeping
Through the deep grass of the meadow!
Not a bee shall hear him creeping,
Not a may-fly shall awaken
From its cradling blue-bell shaken,
Not the starlight as he's slidin
Through the grass with silent gliding.

(Percy Bysshe Shelley, 1792-1822)

NO DESPERTÉIS JAMÁS A LA SERPIENTE

No despertéis jamás a la serpiente,
por miedo a que ella ignore su camino;
dejad que se deslice mientras duerme
sumida en la honda yerba de los prados.
Que ni una abeja la oiga al arrastrarse,
que ni una mosca efímera resurja
de su sueño, acunada en la campánula,
ni las estrellas, cuando se escabulla
silente entre la yerba, escurridiza.



 



¿Sabía Shelley lo que escribía cuando compuso este poema? No lo sabremos nunca. Yo no pienso averiguarlo. Lo que sí está claro es que, con este poema Shelley nos remite a un profundo misterio del que Oriente, el Extremo Oriente, tiene el secreto.
 
Suami Vishnu Devananda (1927-1993), fundador del International Sivananda yoga Vedanta Centres, habla de la "Kundalini Shakti", de la cual dice que es "La manifestación del poder cósmico en el cuerpo y yace en un estado potencial. No es una fuerza material, sino el poder síquico y espiritual que subyace en toda materia orgánica e inorgánica, en su forma más prístina. Por su movimiento ascendente, en forma de espiral, cuando se despierta, se le conoce como el poder de la serpiente e, iconográficamente, es representado como una serpiente enroscada en la base de la columna. La ascensión de la Kundalini lleva a la unión de Siva o el estado supremo de conciencia y de iluminación espiritual".

Los esfuerzos del practicante de Hatha Yoga están encaminados a despertar la Kundalini.
 
Ese principio que yace latente y puede despertarse recibe en la tradición taoísta el nombre de "qi" (se pronuncia "chi") y, como en la tradición yóguica, el taoísmo lo relaciona con la respiración y está a la base de gran parte de su medicina. Como podemos ver se trata de algo que, prescindiendo de las imágenes propias de cada tradición religiosa, es compartido por muchas escuelas. En occidente es difícil rastrear algo parecido, pero también hay constancia de ello aunque bajo formas a veces más mostrencas. Cuando Arthur Schopenhauer identificaba el noúmeno con la "voluntad", pretendiendo haber despejado la incógnita kantiana, estaba casi rozando este misterio.
 
En occidente se aproximaría al misterio de esta fuerza desconocida el químico, naturalista y filósofo Carl Ludwig Barón von Reichenbach (1788-1869) que allá por el año 1845, en sus estudios relativos a la electricidad, el magnetismo y el calor, postulaba la existencia de lo que, con diversos nombres, denominó "fuerza odica", "fuerza odílica" o simplemente "Od", una energía vital que supuestamente residiría en todos los seres vivos: plantas, animales y seres humanos.
 
En la psicología incipiente sería Gustav Theodor Fechner (1808-1887), fundador de la psicofísica, el que se internaría con sus investigaciones en un campo que vislumbró esta energía, llevándolo a esbozar una teoría mente-cuerpo calificada como pansíquica y de la que Sigmund Freud tomaría no pocos elementos para su teoría y praxis psicoanalíticas.
 
No era sólo en los campos de la investigación científica del siglo XIX donde se estaba especulando con esta presunta "fuerza vital", principio activo de todo. La Sociedad Teosófica también contribuyó a la popularización de creencias similares, traídas de una y otra tradición religiosa de Extremo Oriente, combinándolas en un tótum revolútum.  El ocultista británico Edward Bulwer-Lytton aprovecharía ciertas nociones teosofistas para acuñar su "Vril" (nombre que Bulwer-Lytton le daría a esa extraña "energía") que presenta en su novela "The Coming Race or Vril: The Power of the Coming Race" (1871). En la Alemania de entreguerras llegaría a crearse un grupo ocultista que se denominaría Sociedad Vril o Logia Luminosa. Comúnmente se piensa que se trataba de un círculo de visionarios que creyó a pie juntillas lo que no era más que ficción literaria de Bulwer-Lytton, pero hay muchos factores como para pensar que más bien se trataba de ocultistas que estudiaban métodos para despertar la "Kundalini". Uno de los líderes de la Sociedad Vril sería Karl Haushofer (1869-1946), el único europeo admitido en la enigmática sociedad secreta japonesa llamada la Orden del Dragón Verde.
 
El polémico psicoanalista Wilhelm Reich (1897-1957) postularía por los años 30 del siglo XX la existencia del "orgón" (energía orgónica) como fuerza vital universal, pero -como vemos- no inventaba nada nuevo.
 
Estas cuestiones son frecuentemente ridiculizadas por la ignorancia que sobre ellas existe. En occidente se las ha plebeyizado con la frivolidad y grosería que se acostumbra (baste pensar en esas popularizaciones del "Kamasutra" para modernos, por ejemplo.)
 
Con mucha probabilidad el descrédito que se extiende sobre ellas forme parte de la misma estrategia de encubrirlas. Pues, como barruntó Shelley:
 
Wake the serpent not...
 
 

miércoles, 5 de agosto de 2015

CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ Y LOS HIJOS DE PUTA


D. Claudio Sánchez-Albornoz


SOBRE EL SOEZ PARLAR


Manuel Fernández Espinosa


A Don Claudio Sánchez-Albornoz no lo quiere recordar nadie. Su brava defensa de España, frente a los embelecos de ese nefasto contador de historietas llamado Américo Castro, no fue nunca instrumentalizable por los que vinieron después de muerto Franco. Fue el sabio de Ávila republicano, sí. Exiliado durante el franquismo, sí. Pero ser español y católico -a pesar de ser republicano, antifranquista y exiliado- se lo han hecho pagar caro con el ostracismo y con el olvido que se cierne sobre todo intelectual incómodo: cuando el intelectual no es incómodo, desconfiemos de su intelectualidad.
 

Por si fuese poco, D. Claudio Sánchez-Albornoz no tenía pelos en la lengua y era famoso por sus tacos, que tanto escandaliza al beaturrón espíritu de la gazmoñería. El taco, la palabrota, la interjección malsonante y subitánea, desprovista de más concepto que el de los genitales (bien sea la cojonera o el vaginatorio) son comodines de toda conversación ágil. Y qué haríamos los españoles decentes si nos privaran de esa forma compuesta de genitivo, concerniente al oficio de la madre, qué sería de nosotros si no pudiéramos espetarle un "hijoputa" al insoportable, un "hijo de la gran puta" al enemigo, un "hijo de puta" al cobarde, un "hijo de la grandísima puta" al traidor... Nos habrían desespañolizado del todo. Lo habría conseguido. Nos habrían castrado y ya no podríamos hablar de testículos.

 
Esos tacos hispánicos son, pensemos en Quevedo (el más español de los genios), tarjeta de presentación de cualquier español que se precie. En cierta ocasión, allá por 1978, escribió D. Claudio un artículo bajo el título "En torno a mis tacos castellanos" y en él defendía, contra todo el orbe de los que le reprochaban su lengua rahez, preñada de tacos, el estar en consonancia con lo mejor de nuestra tradición literaria. Y escribía:

 
"¿Me permiten ustedes recordar a Berceo? Berceo, devotísimo y piísimo cantor de vidas de santos, refiere que un obispo hizo llamar a un clérigo diciendo: "Que venga ese hijo de puta". Allá a la primera mitad del siglo XIII ya se empleaban, por tanto expresiones "audaces" sin que pestañeara el devoto poeta."

 
Por supuesto, lo ideal sería no tener que decir ni escribir ni un taco. Pero lo cierto es que, para consuelo de los que tenemos que describir el mundo, digamos que uno no tiene la culpa de que haya tanto hijo de puta.

martes, 4 de agosto de 2015

DIEGO RUIZ RODRÍGUEZ: EL SEPARATISMO NEOSEFARDITA

Portada de "El crimen de los Reyes Católicos..." de Diego Ruiz, edición en catalán.
 
 
Manuel Fernández Espinosa
 
SEMBLANZA DE DIEGO RUIZ RODRÍGUEZ
En la cultura hispánica Diego Ruiz Rodríguez es un perfecto desconocido a día de hoy. Ni siquiera el separatismo rampante lo reconoce; algún estudio académico ha reparado en él; pero no parece que nadie lo reclame como precursor (aunque bien pudiera serlo de muchas tendencias actuales como las que se ponen de manifiesto en las buenas relaciones entre Israel y algunos núcleos directivos del nacionalismo catalán). Es un tanto aventurado proponerse ofrecer una idea lo más ajustada de este personaje, pues pocos han sido los que han reparado en esta figura de la filosofía especulativa y la agitación político-intelectual. Ruiz fue un poco de todo: andaluz y catalán, español contrariado y detractor de España, catalanista “sui generis”, iniciado en sociedades revolucionarias, médico, filósofo, literato, conferenciante, agitador anarquista y, a la postre, firme partidario de la judaización de España.

Diego Ruiz Rodríguez nació en Málaga el 13 de enero de 1881 en el seno de una familia de médicos. Su padre era el médico malagueño Diego Ruiz de los Cobos y su madre fue la granadina María del Carmen Rodríguez Méndez. El progenitor abandonaría a la familia, estableciéndose hasta su muerte en Buenos Aires. Según testimonios del mismo Diego Ruiz, su padre sería el primero de sus maestros revolucionarios. La familia paterna de Ruiz Rodríguez estaba emparentada con la familia del pintor Pablo Ruiz Picasso. La falta del padre y la enfermedad de la madre explican que Diego tuviera que pasar de tutor en tutor, llevando desde pequeño una vida con paradero muy poco estable. Nacido en Málaga se trasladará luego a Córdoba, residiendo allí hasta el año 1890; más tarde pasa Granada, bajo la tutela de su tío notario, viviendo en Granada hasta 1894. Es en 1894 cuando se traslada a Barcelona para estudiar medicina, hospedándose en la casa de su tío materno D. Rafael Rodríguez Méndez. Rafael Rodríguez Méndez, nacido en Granada se había establecido en la ciudad condal allá por 1874, ocupando la cátedra de Higiene privada y pública de Barcelona, llegando a ser Rector de la Universidad de Barecelona en 1901 y diputado a Cortes en 1914, asimismo era miembro de la Logia Constancia de Gracia de Barcelona, bajo el alias de “Pasteur” y falleció en Barcelona el año 1919. Indudablemente, el hermano “Pasteur” ejerció su influencia y protección sobre nuestro filósofo.
En sus últimos años de Bachillerato, Diego Ruiz había sido condiscípulo de Eugenio d'Ors y de otras personalidades que después serían exponentes de la cultura catalana y española. Sin embargo, uno de los que más incidiría en su formación ideológica sería Luis Carlos Gaspar de Sentiñón Cerdaña (1835-1903), médico y librepensador militante de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), con quien se trataría Diego Ruiz a finales del siglo XIX. Sentiñón había sido uno de los primeros contactos del emisario de Bakunin en España, Giuseppe Fanelli, y fue indubitable mentor de Diego Ruiz Rodríguez, como también del tristemente famoso Francisco Ferrer Guardia. Sentiñón es uno de los factores fundamentales del anarquismo en Cataluña. Diego Ruiz le dedicaría a Sentiñón su libro "El crim dels Reis Catòlics i la fi de la missió de Castella" [El crimen de los Reyes Católicos y el fin de la misión de Castilla], reconociendo en Sentiñón a un segundo padre y admitiendo su magisterio revolucionario -como socialista libertario y catalanista.
Diego Ruiz Rodríguez consigue el año 1901 el título de licenciado en medicina por la Universidad de Barcelona, se doctorará por la de Bolonia en 1904. En 1902 había ganado una beca para estudiar en la Universidad de Bolonia, a la que se traslada. Durante su estancia boloñesa Ruiz reside en el célebre Colegio de los Españoles boloñés. Durante sus años de estudios en Italia es cuando afirma haber conocido al poeta y también masón Giousuè Carducci (1835-1907), el autor del "Himno a Satanás". En Bolonia Diego Ruiz Rodríguez, según sus testimonios, es iniciado en una sociedad secreta que él mismo llama en sus memorias el "Club dei Nipotini" (El Club de los Nietos), a partir de ese momento a Diego Ruiz le gustará llamarse "nieto de Carducci" y se ufana con regusto iconoclasta como "un endiablado de nuestros días".
En 1905 pasa por París, donde estudia geometría, álgebra y combinatoria, conociendo allí al filósofo Emile Boutroux. Es en 1906 cuando regresa a Barcelona, cuando publica su "Genealogía de los símbolos", obra que merecerá incluso un halagüeño juicio crítico del polígrafo D. Marcelino Menéndez y Pelayo que, aunque situado en los antípodas del pensamiento de Diego Ruiz, reconoce en Ruiz a un joven y prometedor filósofo español. Dorado Montero, Bonilla de Sanmartín y otros estudiosos de la época centrarán su atención en la filosofía de Ruiz. Ruiz sería director durante un tiempo del manicomio de Salt (Gerona), Josep Pla trae referencias sobre la impresión que causaba en quienes lo conocían: “Era un poco loco y atrabiliario […], pero sabía muchas cosas”.
Sin embargo, sus ocupaciones profesionales y filosóficas las compagina con la agitación. La actividad periodística de Diego Ruiz encuentra su cauce en "El Poble Català", “El enemic del Poble” y el semanario satírico “Papitu”. Durante los años 1906 y 1907 en las páginas de “El Poble Català” se dedica a proclamar mesiánicamente el advenimiento de un Filósofo que impondrá en Cataluña la Dictadura Espiritual.
En 1906 Ruiz se había casado con la segoviana Esperanza Menéndez Villanueva y el matrimonio tendría una hija: Gloria Ruiz Menéndez. En 1910 Ruiz ofrecerá un curso en el Ateneo de Barcelona sobre la figuras de Verdaguer, J. Maragall y d'Ors. Su esposa lo abandona allá por el año 1912, llevándose a la hija consigo. En 1913 Ruiz se traslada a París, después se instala en Italia, pero regresa a España con la proclamación de la II República. Desde 1906 a 1912 Ruiz había producido vertiginosamente ensayos de temática filosófica, psicopedagógica, artículos y hasta libros de cuentos. La labor de Ruiz es de una productividad colosal. Tras la guerra civil se exilia a Francia, falleciendo en 1959 en Toulouse.
El pensamiento de Ruiz tuvo sus adeptos en Europa y en Iberoamérica. En París llegó a existir una “Association pour l’étude de la Philosophie de l’Enthousiasme”; el filósofo alemán Rudolf Eucken (1846-1926) se interesaría por la “filosofía del entusiasmo” de Diego Ruiz, también Gerhard Weintraub le dedicaría “Die prinzipien der enthusiasmusethik nach Diego Ruiz”. En Hispanoamérica también se produjo una recepción del pensamiento ruizista que, por citar algunos casos, mentemos a E. Chipoco de Portocarrero que escribiría “Diego Ruiz: (notas de una personalidad de filósofo y médico)” para “La Semana Médica” de Buenos Aires (1915); Víctor Delfino, impulsor de la primera Sociedad Argentina de Eugenesia o el peruano Francisco García Calderón Rey (1883-1953).
LA OBRA DE DIEGO RUIZ
La ingente producción literaria (ensayística, periodística y literaria) de Diego Ruiz Rodríguez está escrita en varios idiomas: catalán, italiano, alemán, francés y castellano. La falta de atención por el personaje y su obra requiere de un exhaustivo estudio que despeje algunas de las incógnitas biográficas. En su obra bibliográfica podríamos distinguir una obra filosófica de cierta envergadura que podría presentar sorpresas y que está prácticamente por explorar y descubrir; y, por otro lado, una obra que algunos podrían calificar de “menor” que, con propósitos propagandísticos de agitación política, lo dio a conocer mucho más que como filósofo. La constante explícita que acusa Diego Ruiz Rodríguez es el “anti-españolismo”, con predominio de ideas anarquistas en sus primeros momentos, con una voluntad de romper con España bajo la capa de un separatismo catalán de vocación internacionalista y que, en la recta final de su estancia en España, termina por reclamar una refundación de España en clave judaica, que detesta la ruta seguida desde los Reyes Católicos al siglo XX y pugna por la judaización de España en lo que es presentado como una venganza contra toda la historia de España en clave católica y castellana.
Su producción filosófica más temprana se publicó en español: “Genealogía de los símbolos” y también la ambiciosa trilogía “Clavis Methodica”, dividida en tres libros: “Teoría del acto entusiasta”, “Lull, maestro de definiciones” y “Jesús como voluntad”, o lo que es lo mismo la pretendida fundamentación ruizista de la ética, la lógica y la religión respectivamente. Esta trilogía filosófica se encontraba en germen en “Genealogía de los símbolos” y se publicó en Barcelona en 1906. Sin embargo, algún ensayo, como “La guerra d’oggi considerata come una delle belle arti”, fue escrito en italiano y en 1914 emplearía el alemán para escribir, además de otros ensayos, su “Der Ueberwirbeltier” (el ultravertebrado). El catalán y el castellano los emplearía para sus artículos periodísticos, sus incursiones literarias y sus panfletos políticos.
En cuanto a su filosofía cabe decir que gira alrededor del “entusiasmo” como base de toda ética. Admitida la noticia de la “muerte de Dios” (no olvidemos que Ruiz es el nietzscheano más coherente de entre los más tempranos lectores españoles de Nietzsche), el lugar vacío lo debe ocupar el “entusiasmo”.
En casi todas sus obras panfletarias se descubre una abierta intención transgresora y subversiva, un desmesurado afán por provocar las conciencias; los títulos de las mismas son elocuentes. En 1907, por ejemplo, publicó "De la sublimidad de la blasfemia", en dos entregas para el periódico "La Publicidad". Ahí dice:

"Blasfemeu de tal manera que, després de les vostres paraules, sembli que'l món hagi d'anorrearse, o esser una altra cosa diferent de lo qu'es".

[“Blasfemad de tal manera que, después de vuestras palabras, parezca que el mundo se ha aniquilado, o sea una cosa diferente de lo que es”].
Es de suponer el estruendo que declaraciones como ésta podía provocar en la sociedad burguesa catalana que por aquellas calendas era en su mayoría católica. Pero el afán de escandalizar con exhibiciones así se iba abriendo paso a principios del siglo XX para eclosionar en las vanguardias de entreguerras. Como si el genio tuviera que mostrarse en abierta ruptura con los valores socialmente vigentes en la sociedad burguesa y una señal de la genialidad fuese la rebeldía y el exabrupto. "El genio será, así pues, para Ruiz, una nueva encarnación de Lucifer, y, como tal, se definirá por ser rebelde, prometeico, anticonformista, subversivo, etc." –dirá Assumpta Camps.
A todo esto: Ruiz había concebido un mesianismo colectivo que se encarna en una Cataluña separada de España y en la cual, según sus previsiones y deseos, se estableciera la Dictadura Espiritual de un Poeta Civil (a imagen de Carducci en Italia). Ruiz es sin duda uno de los detractores más belicosos de la España tradicional de aquel entonces. En la novela de Pío Baroja "La dama errante" (año 1908), hallamos una alusión críptica a Diego Ruiz. Baroja habla de uno de los protagonistas de esa novela suya: Nilus Brull (un personaje ficticio que presuntamente es cómplice -o "alter ego"- del terrorista ácrata Mateo Morral, el mismo que sembró de muertos y sangre las calles de Madrid el día de la boda de Alfonso XIII) y sobre ese personaje dice Baroja: "Toda idea de superioridad individual, regional o étnica halagaba la vanidad de Brull. Contaba una vez a Iturrioz, con fruición maliciosa, que uno de sus amigos, separatista, llamaba a España la Nubiana." ("La dama errante", capítulo VI).
El amigo separatista del personaje ficticio de Baroja no puede ser otro que Diego Ruiz Rodríguez, aunque Baroja silencia el nombre del médico filósofo. Para esas fechas, Diego Ruiz había acuñado el término “Nubiana” para referirse, en términos despectivos y racistas, a España. Veámoslo con sus propias palabras: "Una miopía, casi incurable ya, impide ver a la mayor parte de los españoles la trascendencia de mi obra; pues la mezquindad del alma nacional es increíble en este punto. Gineres y Posadas, unamunculus* et homunculus [...] tal es la situación de los jóvenes nubianos". "Por muchos años también seguirán ignorando esos imbéciles (y acaso por toda su vida) que se ha escrito Jesús como Voluntad, ese libro de piedad superior a todo lo que hasta ahora conocían los alegres compadres de Nubiana". Estas citas literales de Diego Ruiz son de las "Anotaciones perpetuas ordenadas para todo lector español de los libros de un filósofo humorista", prólogo que escribiera Ruiz para la versión española de 1907 de "El Anticristo" de Nietzsche. Las petulancias de su prosa, el tono megalómano y ególatra tiene un asombroso parecido a algunos pasajes de Nietzsche; tal vez, más que original, Diego Ruiz fuese, en muchas cosas como el estilo enfático y tronante, un imitador de Nietzsche.
El caso es que en 1906 -que es cuando escribe este prólogo- Ruiz tiene ya un nombre peyorativo para España: “Nubiana”, mientras que exalta la catalanidad. Pero, aquí no quedará la cosa. Diego Ruiz Rodríguez terminaría identificando al sujeto mesiánico con Israel, disculpando a Cataluña y culpando a la España de los Reyes Católicos de la expulsión de los judíos en 1492.
El masonólogo catalán Mosén Juan Tusquets calificaba a Ruiz como un “profeta laico” del judaísmo, para ello alega el libro “El crim dels Reis Católics i la fi de la missiò de Castella” (1931). Sobre esta obra polémica Tusquets añade “que [este libro de Diego Ruiz] parece una locura”, pero el mismo sacerdote reconoce que, a pesar de parecer una locura, no deja de tener “mucha miga” (sic).
En efecto, el libro (esta vez escrito en catalán), es un alegato de odio contra la España tradicional, encarnada en los Reyes Católicos (y particularmente en lo que da título al libro: el crimen de los Reyes Católicos que no es otro que la expulsión de los judíos). El libro recoge el discurso pronunciado por Diego Ruiz en el Ateneo Enciclopédico Popular de Barcelona, poco después de regresar a España tras verificarse la proclamación de la II República.
Con “El crim dels Reis Catòlics…” Ruiz denuncia un antagonismo irresoluble entre Cataluña y Castilla que, según él, “es uno de los grandes intereses de hoy –y, cierto es, Interés universal. Con la Revolución del mundo. Así y no de otra manera” (a partir de ahora, las citas literales de “El crim dels Reis Catòlics…” las traduzco directamente del catalán original al castellano). El asunto de la tensión entre Cataluña y el resto de España no es para nuestro autor una cuestión peninsular, sino que el tema adquiere una dimensión mundial en el escenario de la revolución universal.
En palabras de Diego Ruiz, la recién estrenada II República española no podrá resolver el profundo trauma que ha producido la perversión de la historia peninsular a partir de 1492:
“La solución ibérica de la angustia española es hipócrita, hábil y precaria, una solución cobarde y reaccionaria. Una solución exhumada de “Las Nacionalidades” o de las “Bases de Manresa” es inactual, disrítmica, históricamente prevaricadora, como la solución que refractarios Monarcas y Cortes imbéciles intentaría imponer, por la vía de la Unidad terrorista, una especie de Convención clérigo-burócrata- fascistoide. Ni Robespierre vestido de Borbón, ni Marx rebajado a la estatura de un Presidente de República sub-américo-federo-soviética serían soluciones. ¡Bah!”. La II República española que para Ruiz “tiene que ser una república semítica, pues ya lo es; pero bastarda” (“El crim dels Reis Catòlics…”).
La solución según Ruiz está en la re-judaización de España. Entre otras cosas Diego Ruiz propone re-nominar la Península Ibérica, olvidando el nombre de España para adoptar el de “Teshubah”, “Sefarad” o lo que nos parece un neologismo de su invención: “Iberisión”. Según afirma Ruiz: “Es el verbo de Gabirol. Él fundará la unidad de la patria. No temamos emplear, por última vez, la Fuerza. Esculpamos un Inri, definitivo, sobre la Cruz de Castilla” (Op. cit.)
En principio, lo que se insinúa en toda esta incendiaria proclama es una especie de refundación de España, renegando de todo lo que ha sido España desde los Reyes Católicos a 1931. El foco de todas las invectivas de Ruiz es Castilla en la que, según él, se concentra el odio más profundo a lo moderno: a los judíos, al capitalismo, a la modernidad y que expresó su esencia con la expulsión del “pueblo judío”. Castilla ha finalizado su misión histórica y ahora tiene que ser relevada, no sin vengar el “crimen” de la expulsión de los judíos, siendo castigada.
 “El crimen de los Reyes Católicos”, volvemos a recordarlo, está escrito en 1931, pero es imposible no advertir que en él se encuentra anunciado, enunciado y proclamado lo que, pocos años después de su publicación, sería un auténtico holocausto católico en toda España. Diego Ruiz lo vaticinaba en “Anarquismo y Judaísmo” (publicado en la revista “Ágora”, afirmando que: “Lo de España ha de resolverse sangrientamente. La única solución es la solución judía. Hay que revisar el crimen de esa Iberia romana, íntimamente unida a la obscena sedición de Jesucristo” (citado por Juan Tusquets en “Orígenes de la revolución española”).
El pensamiento antiespañol de Diego Ruiz Rodríguez puede considerarse como paradigma de todos los “nacionalismos separatistas” ibéricos; aunque su apelación al judaísmo pueda parecer una extravagancia, no lo es tanto si se tiene noticia del odio sefardita incubado y transmitido, generación a generación, contra la España que los expulsó. Ruiz es un eslabón más de la cadena de españoles (y no-españoles) que, puestos frente al enigma español, ensayaron una interpretación de España que terminó por negarla, tales fueron Américo Castro o Blas Infante (inventor del nacionalismo andaluz).
BIBLIOGRAFÍA:
Diego Ruiz Rodríguez:
“El Crim dels Reis Catòlics i la fi de la missió de Castella”, Coleccio Balague, Barcelona, 1932.
“Genealogía de los símbolos” (dos tomos), Henrich y Cía, Barcelona, 1905.
J. Ferrater Mora, “Diccionario de Filosofía” (cuatro tomos), Ariel Referencia, Barcelona, 1994.
Gonzalo Sobejano, “Nietzsche en España. 1890-1970”, segunda edición corregida y ampliada, Editorial Gredos, Madrid, 2004.
Juan Tusquets, “Orígenes de la revolución española”, Editorial Vilamala, Barcelona, 1932.
Josep Pla, “Notas y dietarios”, traducción de Dionisio Ridruejo, Gloria de Ros y Xavier Pericay, contiene: El cuaderno gris, Notas dispersas, notas para Silvia, Notas del crepúsculo, Editorial Planeta, Barcelona, 2008.
Pío Baroja, “La dama errante”, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1995.
"La recepción literaria como instrumentalización. El caso de G. Carducci en Cataluña", Assumpta Camps, Universidad de Barcelona, en Rev. Soc. Esp. Ita. 4, 2006-2007, pp. 57, Ediciones Universidad de Salamanca.)