martes, 12 de enero de 2016

TRIBULACIONES DEL CARLISMO EN CAMINO A SU REINTEGRACIÓN



 
 

Publicado originalmente en versión impresa en la revista NIHIL OBSTAT, pasado un tiempo conveniente, publicamos en dos partes un extenso artículo sobre carlismo.
 

TRIBULACIONES DEL CARLISMO EN CAMINO A SU REINTEGRACIÓN (1ª Parte)



Por Manuel Fernández Espinosa

 

El carlismo es la más veterana de las organizaciones políticas españolas. Con casi dos siglos de Historia, desde 1833 en que levantó la cabeza hasta hoy y, a pesar de todas las vicisitudes por las que ha pasado España, todavía perdura. Le vamos a llamar "carlismo", pues como fenómeno político histórico es como todos sabremos de lo que estamos hablando, pero también queremos dejar claro que algunos prefieren llamarle tradicionalismo español. En torno a él sus enemigos han ido creando una serie de errores para desfigurarlo e impedir su mejor comprensión. Vamos a presentar y comentar sucintamente tres de los errores más pertinaces que se repiten hasta el hartazgo sobre el carlismo, pues con ello podremos despejar un poco todo lo que embarulla un tanto nuestro asunto y de ese modo saber mejor lo que es el carlismo. Para ello vamos a enunciar esos tres errores, negándolos uno por uno.

EL CARLISMO NO FUE UNA SIMPLE CUESTIÓN DINÁSTICA, SINO QUE FUE UNA CUESTIÓN POLÍTICA POR DEBAJO Y POR ENCIMA DEL CONFLICTO SUCESORIO

Debido al conflicto sucesorio que dio lugar a la emergencia del carlismo, se supone vulgarmente que el carlismo no era más que una cuestión dinástica. Craso error que indica una notable ramplonería, en tanto que desatiende el meollo del asunto.

Es inconcebible que el carlismo haya llegado al siglo XXI por obra y gracia de una pugna dinástica de la primera mitad del siglo XIX. Si fuese un pleito sucesorio no hubiera sobrevivido a los personajes históricos que lo protagonizaron con sus camarillas. Es cierto que, claro está, la pretensión de Carlos María Isidro de Borbón a suceder en el Trono tras la muerte de su hermano Fernando VII fue el pretexto que polarizó a los españoles en dos bandos, dando lugar a la Primera Guerra Carlista (Guerra de los Siete Años).

La cuestión, antes de estallar la conflagración era en un principio un problema jurídico. Hasta la llegada de los Borbones a España, la sucesión al Trono se regía por la Partida Segunda, Ley II, título XV, por la cual podían ser coronados lo mismo los varones que, en su defecto, las hembras de la misma rama familiar. Felipe V alteró ese orden de sucesión en 1713 con el "auto acordado", implantando una ley semi-sálica. En 1789, con Carlos IV, se revoca el "auto acordado" de 1713, restableciendo el orden tradicional hispánico que permitía a las mujeres ser reinas de España, pero la llamada Pragmática Sanción no se publicó. En 1830 estaba vigente, por lo tanto, la ley semisálica de Felipe V, pero una vez que se conoce que la cuarta mujer de Fernando VII, María Cristina de Borbón está encinta, Fernando VII publica, el 29 de marzo de 1830, la Pragmática Sanción, lo que supuso una jugada a través de la cual el rey felón se anticipa a cualquier movimiento de su hermano Carlos María Isidro y sus partidarios, garantizando así el Trono a su descendiente, naciera ésta niña o niño. Carlos María Isidro de Borbón no se quejó de ello en ese momento. En 1832, la salud de Fernando VII se agrava y se acuerda conceder a María Cristina la regencia que firma su cónyuge. D. Carlos María Isidro se entrevista con el ministro Alcudia y empiezan a pensar que es necesario impugnar la Pragmática Sanción, restableciendo la ley semi-sálica que le asegure suceder a su hermano Fernando. Y se consigue, pues Alcudia logra que Fernando VII firme la derogación de la Pragmática Sanción, mediante el real decreto llamado "El Codicilio", restableciéndose la ley semi-sálica que afianza a Carlos María Isidro como sucesor de Fernando VII, a la vez que obturaba a Isabel el paso al Trono. La infanta Luisa Carlota, de reconocidas simpatías liberales, lograba semanas después que Fernando VII derogara "El Codicilio", restableciendo otra vez los derechos al Trono para la niña Isabel. Esto significaba que nuevamente, en virtud de la Pragmática Sanción, se le impedía a Carlos María Isidro ser rey de España.

Durante el año 1833 los partidarios de Carlos María Isidro se agitan, se van organizando, lanzan proclamas y se va creando el carlismo. No se trataba de una facción palaciega: en Carlos María Isidro los más adictos al absolutismo depositaban sus esperanzas para librar a España del peligro que veían planear sobre ella: el retorno de los odiados liberales. Carlos María Isidro era Jefe del Ejército Español, pero también era el mando supremo de un ejército contrarrevolucionario que se había organizado tras el Trienio Negro Liberal, en el año 1823: el de los Voluntarios Realistas. Los Voluntarios Realistas formaban toda una organización paramilitar establecida en todos los pueblos de España, formada por hombres de todas las clases sociales (incluso había gitanos), padres de familia de reconocida y probada devoción al Rey. Esta organización llevaba diez años persiguiendo a los agitadores y propagandistas revolucionarios que, a través de sus sociedades secretas (masonería, carbonarios, etcétera) seguían actuando en la clandestinidad, conspirando con ayuda extranjera, sobre todo británica. Una de las medidas cautelares adoptadas por la camarilla de María Cristina fue desactivar a los Voluntarios Realistas, como nos revela Juan Antonio Zariategui: "no se atrevió [María Cristina] a adoptar medidas rigurosas para combatir el sentido moral de los voluntarios realistas, y menos a manifestarse abiertamente hostil a las grandes masas, pero comenzó a desarmar subrepticia y parcialmente aquellos cuerpos en los lugares retirados y de corto vecindario".

El problema, como podemos ver, no era sólo una compleja cuestión jurídica, sino que sobre ella se montaba un problema político más simple (y, a la vez, más perenne): contrarrevolución tradicional contra revolución liberal. No se trataba de un bando que porfiaba en que no reinara una mujer, sino que lo que estaba en juego era, tal y como temían los partidarios de Carlos María Isidro, que tras la muerte de Fernando VII, su viuda María Cristina y su hija Isabel cayeran bajo el poder de camarillas liberales. Y lamentablemente los pronósticos de los afectos a Carlos María Isidro se cumplieron, pues, a la postre, eso fue lo que ocurrió: que María Cristina e Isabel quedaron a merced de los liberales que se auparon en el poder y, sirviéndose del pretexto de defender a una viuda y a una niña, lo que realizaron fue una revolución (modernización en el peor de sus sentidos) desde las instituciones.

En el partido de Carlos María Isidro se congregaban, desde el punto de vista ideológico, dos familias: la de los "apostólicos" ("absolutistas puros", también llamados "realistas exaltados") y la de los "absolutistas moderados" que, a su vez podían distinguirse entre ellos: los "teóricos" y los "transaccionistas militares". Sociológicamente, entre los "apostólicos" predominaban los clericales que abogaban por la restauración de la Santa Inquisición, mientras en el sector de los "absolutistas moderados" había miembros de la alta nobleza, grandes terratenientes y oficiales con una larga experiencia militar que podía remontarse a la Guerra de la Independencia; muchos de ellos también habían tenido ocasión de combatir a la revolución durante el Trienio Constitucional de 1820-1823 formando en partidas guerrilleras y acompañando a los Cien Mil Hijos de San Luis.

EL CARLISMO NO FUE UN FENÓMENO RESTRINGIDO A CIERTAS ZONAS SEPTENTRIONALES DE ESPAÑA, SINO QUE FUE UN FENÓMENO QUE AFECTÓ A LA TOTALIDAD DE ESPAÑA

Otra de las mentiras que se han impuesto sobre el carlismo es presentarlo como un fenómeno arrinconado en las Provincias Vascongadas, Navarra, Cataluña y comarcas muy concretas de Valencia. De ese modo se distorsiona la realidad histórica, haciendo creer que el territorio bajo control cristino-isabelino-liberal era afecto sin fisuras a María Cristina, a Isabel y a sus gobiernos liberales. Se ha fabricado así el mito de una España constitucionalista y progresista que, a excepción del territorio en que rampaban los carlistas, defendía a Isabel unánimemente y, con esa militancia virtual se hace creer que la mayor parte de los españoles eran en masa partidarios de los gobiernos liberales en su faceta morigerada (moderados) o más radical (progresistas). Desde las Cortes de Cádiz y su Constitución de 1812, la minoría liberal (apadrinada por Gran Bretaña) había creado una fractura en la sociedad española. Así lo patentiza "El Manifiesto de los Persas" presentado a Fernando VII en 1814 a su retorno: la inmensa mayoría de españoles rechazaba las innovaciones constitucionalistas que habían ensayado los liberales y su claque. Por eso, en 1823, las tropas del Duque de Angulema que vinieron a derrocar al gobierno golpista instaurado en 1820 por Rafael del Riego y sus compinches, no encontraron apenas resistencia, sino que los pueblos aprovechaban para alzarse contra sus ayuntamientos constitucionales, destruyendo las lápidas constitucionales y tomándose la revancha por tres años de opresión. No faltaron partidas de guerrilleros realistas durante todo el Trienio Liberal en toda España. El fenómeno del carlismo no puede entenderse como algo reducido a las regiones norteñas más arriba mencionadas: todo el territorio nacional era campo carlista abonado con décadas de antelación, pues -como llevamos dicho- el conflicto no sólo era de índole jurídica, sino que entrojaba una cuestión política que ahondaba en la división producida en la sociedad española desde la Guerra de la Independencia, con las Cortes de Cádiz y el enfrentamiento durante décadas de una inmensa mayoría del pueblo contra una minoría elitista que pugnaba por imponer innovaciones modernas, destruyendo el tejido orgánico de la comunidad y sus venerables tradiciones.

Es cierto que, con el inicio de la Guerra de los Siete Años, los leales a Carlos María Isidro, por razones geográficas y militares, se concentrarán en ciertas zonas vasconas, catalanas y valencianas y en estas tierras el conflicto se recrudecería, suponiendo un altísimo coste en vidas y haciendas para las poblaciones autóctonas de esos territorios, los más afectados. En ese sentido fue un acierto político que hay que atribuir a Valentín Verástegui que muy pronto, nada más iniciada la guerra, el carlismo alzara la bandera del foralismo, expresando en una proclama que: "han abolido nuestros fueros y libertades", lo cual movilizó a los vascos y navarros. Carlos María Isidro refrendaría el foralismo de sus bases sociales en marzo de 1834, con el "Manifiesto a los aragoneses" y esta tendencia foralista fue también la que allegó a las filas carlistas a los aragoneses y a otros pueblos españoles. El Trilema carlista originario que había sido el de "Dios, Patria y Rey" se convertía así en Cuatrilema: "Dios, Patria, Fueros y Rey".

No obstante, la presión gubernamental, sus superiores recursos, el auxilio que recibió de Inglaterra y Francia, condujo al carlismo armado y sublevado al aislamiento territorial; confinado a esas zonas, algunos mandos carlistas concibieron como panacea de su situación de bloqueo la toma de Bilbao, en la creencia de que tomando la plaza, el carlismo podría recibir mayores socorros exteriores, municionándose y abasteciéndose a través del puerto bilbaíno; en la tercera guerra carlista volvería a reeditarse un segundo y tremendo Sitio de Bilbao (que Unamuno recrearía magistralmente en su novela "Paz en la guerra"). Esa figurada insularidad del carlismo también empujó a algunos dirigentes carlistas a adentrarse en territorio dominado por el gobierno cristino: así las cuatro expediciones de Basilio García (1834, 1835, 1836 y 1837-1838), la de Guergué en 1835, la Expedición Gómez (1836), la de Zariategui (1837), la Expedición Real (1837) y la de Negri (1839).

En ese sentido la Expedición Gómez fue paradigmática. Enviada a Galicia, recorriendo la cornisa cantábrica, con el propósito de sublevar al norte, el andaluz General Miguel Sancho Gómez Damas emprenderá una incursión que recorrerá, de norte a sur y de sur a norte, toda España. Mucho después, en el exilio bordelés, Gómez escribirá estas palabras: "Muy lisonjero es sin duda oír que se atribuye este fenómeno a mi capacidad militar; pero no me ciega el amor propio hasta el punto de no conocer que esta explicación es una nueva red tendida por el liberalismo. Quisiera ésta dar una idea falsa de la verdadera conclusión de la historia de mi correría, la cual debe parecer, en efecto, una novela o una especie de milagro para todos los que intenten explicarla por las simples reglas de la estrategia. No, no es mi habilidad, ni tampoco a la inacción ni a la ignorancia de los generales enemigos, a quienes debe atribuirse la felicidad de mis marchas, sino principalmente a aquella benevolencia oficiosa, que adivina las necesidades de un amigo, y vuela para socorrerle...".

Y Gómez aclara, más abajo de este párrafo que reproduzco, que los pueblos sometidos por el despotismo liberal se alzaban en armas cuando tenían noticia de la proximidad de las tropas que él lideraba, lo mejor de España hubiera secundado a la Causa, pero Gómez era consciente de que, perseguido por tropas superiores y mejor pertrechadas que las suyas, no podía detenerse ni hacerse fuerte en ningún sitio, por lo que recomendaba a esos españoles que en los pueblos se querían adherir a él que reconsideraran su intención y quedasen en la vivienda tranquila, para evitar que estas poblaciones fuesen represaliadas por las tropas gubernamentales, pues, como él mismo escribió: "...yo sabía muy bien que al cabo de algunas horas, el enemigo hubiera correspondido a ellas con el incendio y la muerte". Lo que da la idea de que, aunque en toda España el carlismo gozaba de simpatías, enjambrar España con el sagrado fuego de la sublevación se mostró como "un quiero y no puedo", debido al férreo control de los resortes gubernamentales de la España oficial y, digámoslo también, con medidas drásticas e inhumanas de represión liberal: baste recordar el fusilamiento de la madre de Ramón Cabrera.

Cae así el mito de que el carlismo fue un fenómeno restringido a determinadas zonas septentrionales. Y esto no fue solo cosa de la Primera Guerra Carlista, se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. La España que quedó bajo dominio liberal no se levantó en armas, pero el carlismo se mantuvo en latencia. El testimonio del General Gómez es elocuente: las ciudades tomadas por los carlistas, aunque fuera por unos días, no solo contribuían por la fuerza de las armas al socorro de las tropas conquistadoras, sino que gran parte del vecindario se creía liberada, muchos se incorporaban a las mesnadas carlistas y otros se señalaban públicamente -a veces con graves consecuencias posteriores, como las que cuenta aquel posadero cordobés a George Borrow: "Cierto que mi hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de tres años. ¿Podía yo evitarlo?” –le confesaba el posadero cordobés al viajero inglés, y seguía diciéndole: “Tampoco tengo yo la culpa de que mi segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en Córdoba". En la España cristina abundaron las palizas, las revanchas y los atentados contra las familias reputadas de carlistas, la confiscación de bienes: este terror era impuesto por los más acérrimos liberales que estaban encuadrados en la Milicia Nacional.

Aunque sofocado por el terror gubernamental en la mayor parte del territorio nacional, el carlismo permaneció oculto en la España isabelina. Y uno de los instrumentos más aptos que tuvo el carlismo fue su periódico "La Esperanza" que, desde 1844 a 1874, era recibido en hogares de toda España, del que se decía que: "En los pueblos se lee el periódico en familia, y en las discusiones orales, La Esperanza decide de plano la controversia: "Lo dice la Esperanza"." Esta cabecera carlista de gran prestigio mantuvo unidos en comunión a los carlistas del interior y a los del exterior que vivían en el exilio. Contaba con suscriptores en toda España y en las ciudades extranjeras en que se habían asentado las colonias de carlistas exiliados tras el Convenio de Vergara. Es muy recomendable, para ello, el libro de Esperanza Carpizo Bergareche: "La Esperanza carlista (1844-1874)".

La imagen de una España mayoritariamente partidaria del constitucionalismo y amenazada por una minoría reaccionaria, católica, inquisitorial, monárquico-absolutista, lastrada por un oscurantismo primitivo, es una engañifa más de las que se han construido en nuestra historiografía nacional y, con afán digno de mejor causa, en el decurso de la transición democrática reciente. Podemos decir que más bien era todo lo contrario: fue una minoría elitista y extranjerizada -la liberal- la que impuso mediante su poder brutal la revolución burguesa en un país refractario a novedades. La historia del liberalismo español que se ha oficializado se muestra como una colosal patraña a la luz de las carnicerías perpetradas por los generales liberales; recuérdese el inhumano fusilamiento de la madre de Ramón Cabrera –vuelvo a repetir-, pero no se olvide tampoco la represión ejecutada por Espoz y Mina (en 1823) de los pueblos catalanes de Castellfullit de la Roca y Sant Llorenç de Morunys en Lérida, cuando el tirano liberal podía escribir: "Orden general. La cuarta división del ejército de operaciones del séptimo distrito militar borrará del gran mapa de las Españas al nombrado y por índole faccioso y rebelde pueblo de San Llorens de Morunis (alias Piteus), a cuyo fin será saqueado y entregado a las llamas".

EL CARLISMO NO FUE UN FENÓMENO LIMITADO A UNAS ELITES TRADICIONALES (CLERO, ARISTOCRACIA...), SINO QUE FUE UN FENÓMENO TRANSVERSAL SOCIOLÓGICAMENTE.

Otra de las engañifas que han prevalecido es la que presenta el carlismo como reducto de las minorías poderosas, mientras que sus adversarios eran -según se nos pinta- los representantes de las libertades y del espíritu popular. Otra vez, el mito liberal se estrella contra los hechos históricos, mostrando su fraudulencia intelectual. El carlismo más temprano congregó, lo hemos dicho más arriba, a varias familias ideológicas. En ellas había, en efecto, una gran presencia clerical como era de esperar en tanto que el carlismo concentró a los sectores más tradicionales de la sociedad española. Los "apostólicos" fueron los más entusiastas partidarios del carlismo, pero también es cierto, como apunta Revuelta González, que "Aunque en el carlismo militaban representantes de todas las clases sociales, la colaboración de algunos sacerdotes y religiosos en el levantamiento fue inmediatamente resaltada como un escándalo abominable. Una campaña tan hábil como interesada extendió a través de la prensa en la opinión pública la idea de que lo mismo era ser fraile que carlista".

Esta propaganda instigada por el gobierno liberal, así como el pretexto de los esfuerzos de guerra contra los "facciosos" carlistas, sirvió de excusa para asestar uno de los más grandes golpes a la Iglesia católica española con la exclaustración de religiosos y la Desamortización perpetrada por Álvarez Mendizábal, esta desamortización, como las posteriores, trajo consigo el enriquecimiento de la minoría burguesa y el consecuente deterioro de las condiciones económicas para gran parte del pueblo español. La persecución implacable de los religiosos alzó la cabeza temprano; en 1834 se cometió una tremenda matanza de frailes en Madrid ante la condescendencia de las autoridades, algo que se repetiría un siglo después con la II República Española: mientras los conventos eran asaltados, los religiosos asesinados y se incendiaban los cenobios, las autoridades liberales seguían pidiendo ciega obediencia y lealtad a los católicos. Es comprensible que la Iglesia, hostigada como no lo había sido desde la ocupación napoleónica, cerrara filas con el carlismo, como más tarde en el siglo XX se la vio adherirse en su gran parte al franquismo.

Pero el carlismo no solo eran curas y frailes exclaustrados: aquí ese icono que se repite hasta la saciedad del "cura trabucaire" (el Cura Merino en la I Guerra Carlista o el Cura Santa Cruz en la III Guerra Carlista). En el carlismo había una gran presencia de la nobleza más linajuda y provinciana que permanecía apegada a las tradiciones hispánicas, como había también militares profesionales que habían hecho su carrera en la Guerra de la Independencia y en los sucesivos conflictos que se habían suscitado en España: Zumalacárregui, Gómez Damas, etcétera.

Pero la extracción social de los carlistas no quedaba reducida a los estamentos privilegiados en el Antiguo Régimen. En Cataluña, en Vascongadas, en Navarra, en Valencia, en Castilla, en Galicia, en Asturias, en Extremadura, en Andalucía… En toda España, el grueso de los voluntarios carlistas eran hombres del llamado "estado llano". Aunque eso sí, la mayoría de carlistas salió de la España profunda y rural. Por eso Unamuno, poco sospechoso de carlista, pudo escribir en "Paz en la guerra" que la guerra carlista fue "la querella entre la villa y el monte, la lucha entre el labrador y el mercader", naciendo el carlismo "contra la gavilla de cínicos e infames especuladores, mercaderes impúdicos, tiranuelos del lugar, polizontes vendidos que, como sapos, se hinchaban en la inmunda laguna de la expropiación de los bienes de la iglesia [contra] los mismos que les prestaban dinero al 30 por ciento, los que les dejaron sin montes, sin dehesas, sin hornos y hasta sin fraguas: los que se hicieron ricos y burócratas". El fenómeno del carlismo fue más popular de lo que el español desinformado por la historia oficialista puede imaginar.

Por si eso fuese poco, el incipiente proletariado -incluso tras haberse alineado con la I Internacional- tampoco permaneció ajeno al carlismo. Melchor Ferrer cuenta que: "Carlos VII recibió ciertas proposiciones de un Comité Republicano Universal, que estaba formado en su mayor parte por italianos y que radicaba en Londres". Faltó poco para que la masa de obreros de la Internacional pasara con armas y bagajes a las filas de Carlos VII en la III Guerra Carlista. Según Joaquín Bolós Saderra, Alsina -uno de los fundadores de la Internacional en España- ofreció 6.000 obreros a la Causa carlista. Alsina estaba a favor de sumarse con sus obreros a los carlistas en la lucha por entronizar a Carlos VII, a condición de que el pretendiente se comprometiera a proteger a la clase obrera. Carlos VII aceptó. Por desgracia no pudo resolverse nada, cosa que Bolós atribuye a la acción de la masonería: "las logias se enteraron de tales maniobras y las hiceron fracasar".
 

lunes, 4 de enero de 2016

EVELYN WAUGH CONTRA ALEISTER CROWLEY


Evelyn Waugh, el cartel en francés dice: "Entrada prohibida a los vagueantes".


LA VICTORIA SOBRE EL MALIGNO


Manuel Fernández Espinosa

 
Hay lectores gregarios que leen -cuando lo hacen- a escritores de su rebaño. Los comunistas leen a los comunistas, los liberales leen a los liberales. La afinidad con un escritor y su obra bien podría ser la secta política, deportiva o gremial. Podría gustarme leer a Evelyn Waugh por ser el inglés un escritor católico. Pero para leerlo no es, para mí, la confesión religiosa de un escritor la razón suficiente. Católicos hay que aburren a las ovejas, empalagosos, amorosos, dulzarrones... cándidos como palomas.

Lo que le pido a un libro es que, además de estar bien escrito, esté basado en la experiencia vital del autor. Y ningún escritor ha vivido en serio -y, por lo tanto, nada tiene que contarme que me interese- sin haberse enfrentado, como hombre, con el mal: el "misterio de iniquidad"... "Nam mysterium iam operatur iniquitatis" [Porque el misterio de iniquidad ya está en acción"] (2 Tesalonicenses 2, 7).

Evelyn Waugh se enfrentó con la malignidad. Cuando llegó a la Universidad de Oxford en 1922 formó parte de uno de esos clubes a los que tan proclives son los universitarios anglosajones. Su club se llamaba "El Club de los Hipócritas", estudiantes que pasaban su tiempo libre empinando la botella, convirtiéndose en precoces alcohólicos (como los de ahora): "Fue en la universidad cuando empecé a beber, descubriendo crudamente los opuestos placeres del alcohol y el buen gusto. Durante muchos años preferí el primero al segundo". El tiempo, dilapidado en francachelas; el dinero -que no sobraba- gastado en cerveza. Pudiéramos decir que la juerga y el camino de los excesos, bien dijera William Blake, conducen al palacio de la sabiduría. Pero, para algunos, el camino no termina en dicho palacio, sino en un trágico destino. Waugh tuvo suerte y sorteó esos derroteros, poniéndose a salvo de los estragos del vicio. Pero, no por ser católico, dejó de probar el amargo sabor de los placeres más groseros.

En esa época, un compañero del club oxoniano de Waugh marchó a Sicilia, para "estudiar" en la sospechosa "Abadía de Thelema"* la magia negra que profesaba, practicaba y enseñaba el siniestro Aleister Crowley (12 de octubre de 1875-1 de diciembre de 1947). Crowley había estudiado en Cambridge y, a la vez que se había iniciado en la masonería y otras sociedades secretas, había realizado una particular interpretación de la obra de Nietzsche. Deportista en su juventud, culto y viajero, la vida crapulosa -en combinación con el inusitado interés por el ocultismo- hizo de Crowley uno de los ingleses más infames del siglo XX, dándose a sí mismo nombres escandalosos como "Maestro Therion", "The Great Beast 666" o "El Vagabundo de la Desolación". Tuvo su celebridad en determinados círculos de la sociedad británica y europea. Y puede decirse que la revolución cultural de Mayo del 68 debe más a Crowley que a Marcuse. Los ingenuos -o sus secuaces- nos presentan a Crowley como un hombre-espectáculo, pero las experiencias de magia sexual (aberraciones con voluntad de invocar demonios) que realizó con sus discípulos en Cefalú (Sicilia), desde 1920 a 1923, con el resultado de la muerte en extrañas circunstancias de Frederick Loveday, corroboran que lo que hacía Crowley era algo más que escandalizar a la puritana sociedad británica. Las autoridades italianas lo expulsaron del territorio italiano a consecuencia de estas actividades delictivas.

Evelyn Waugh no permaneció al margen de las noticias que se daban de Crowley. En "Retorno a Brideshead", su novela más famosa, el personaje Anthony Blanche, un apátrida y homosexual decadente "...había practicado la magia negra en Cefalú". La alusión no puede ser más elocuente para quien sabe de los episodios de la Abadía de Thelema del satanista Crowley. Pero el relato de Waugh que mejor refleja lo que Waugh sentía por Crowley y por el ocultismo es "Extraviado". En esta pequeña obra maestra, Waugh nos presenta a Crowley bajo un personaje que se exhibe en sociedad como mago y bajo el nombre de "Doctor Kakophilos" (el amigo de lo malo). Sin que desvelemos la trama del relato (que merece la pena leer), digamos que Kakophilos inspira repugnancia a los dos personajes que, en cierta velada, achispados por el champán, caen bajo la sugestión que ejerce el satanista por el que no ocultan su desprecio y que, pese a las reticencias, a la postre los conduce a su habitáculo donde los somete a una experiencia de magia. La frase del Doctor Kakophilos es: "Hacer lo que quieras será toda la ley" es una de las máximas del mismo Crowley.

En la trama de este relato se pone de manifiesto que Waugh no cuestiona la existencia y los efectos de la magia negra (digamos, de paso, que la "magia blanca" no existe). Pero lo más importante del mismo es el desenlace, en el que asistimos al Triunfo de Cristo sobre los poderes ocultistas, pues es la Santa Misa la que derrota los efectos mágicos de las invocaciones del ocultista satánico.

No leo a Waugh por tener la etiqueta de "católico", leo a Waugh por tener suficientes razones para saber que fue un hombre que se enfrentó al mal y sabía que, pese a las pompas de Satanás, Cristo le ha vencido y le vencerá siempre. No me gustan los escritores católicos cándidos como palomas, pues a las palomas se las zampa la serpiente. Y no, definitivamente, no me gustan los tontos: y me da igual que quieran aprender magia negra o se presenten como escritores católicos.




Nota: "Abadía de Thelema" fue el nombre que le puso Crowley a la casa que alquiló en Cefalú para sus experimentos satanistas. El nombre procede de la obra de François Rabelais. "Thelema" en griego significa "Voluntad".


Aleister Crowley

martes, 29 de diciembre de 2015

ESPÍAS EN EL CÁUCASO


Soldados rusos avanzan con cautela en el escenario bélico de Chechenia

HAY ALGUIEN QUE NO QUIERE QUE RUSIA LEVANTE LA CABEZA
 

Como un gigante que se derrumba, aplastando todo en su caída, el desmoronamiento de la U.R.S.S. no sólo supuso la cancelación del sistema comunista, sino la fragmentación del gran imperio ruso que fue primero zarista y, tras la revolución bolchevique, se transmutó en soviético. El Cáucaso ha sido siempre una zona conflictiva, codiciada por los varios y más poderosos imperios desde antiguo hasta el presente: Bizancio, Persia, Turquía, Rusia... La multiplicidad étnica, lingüística y religiosa de los pueblos del Cáucaso añade factores que se han mostrado decisivos en el desarrollo dramático de la Historia. Desde 1994 a 1996 se desarrolló la primera guerra ruso-chechena y, tras un paréntesis, estalló de nuevo el conflicto en 1999, duranto hasta el año 2009. Poco se sabe de esta guerra en occidente y menos todavía se sabe de la historia y la idiosincrasia de los pueblos contendientes. Para paliar este desconocimiento y adentrarnos en la problemática tenemos en español un libro: "Las montañas de Alá. La batalla por Chechenia", del enigmático reportero de la Agencia France Press*.

Este libro, a medio camino entre el reportaje de guerra, el libro de historia y viajes y la agitación y propaganda contra Rusia, tiene sus luces y sus sombras. El libro nos muestra la condición hospitalaria y belicosa del pueblo checheno a lo largo de su historia, pero el autor no mantiene la neutralidad. Ha confraternizado con los chechenos y empatiza con ellos, pero no hace lo mismo para comprender a los rusos, mostrando una flagrante hostilidad por Rusia. Si esta posición se debe a haber tomado partido, nos parece muy correcto, pero creemos que más bien se debe a obedecer unas consignas estratégicas de los grupos de poder que financiaron la estancia de Sebastian Smith en la zona: digámoslo claramente, aquellos cuyos intereses entran en conflicto con los intereses rusos, por mucho que quieran disimular su animadversión contra Rusia en nombre del humanitarismo. Sin embargo, el libro es ameno, de ágil prosa, profuso en datos históricos y, aunque se nota que es propaganda anti-rusa, nos acerca a una cuestión que por exótica y compleja apenas disponemos de literatura alternativa.



Por "Las montañas de Alá" nos enteramos, siquiera de pasada, de las labores del espionaje británico en la zona, allá por el siglo XIX. Décadas antes de estallar la "Guera de Crimea", las potencias occidentales recelaban del poderío que Rusia estaba cobrando y destacaron a sus agentes especiales sobre el terreno. Ni a Turquía ni a Londres interesaba que Rusia se expandiera, pudiendo amenazar la hegemonía británica sobre la India o aproximándose a la zona de influencia turca. El agente británico de aquel entonces fue James Bell, que escribió "Residence in Circassia: 1837, 1838, 1839". Sebastian Smith escribe:

"Uno de los relatos más convincentes de testimonios presenciales de las luchas circasianas fue el dejado por James Bell, uno del puñado de británicos que desempeñaron papeles no oficiales entre bastidores, alentando a los rebeldes, aunque como todas las pruebas sugieren con poca ayuda concreta de Londres. En su "Residencia en Circassia: 1837,1838, 1839"..."
Es como si Smith nos guiñara el ojo. Este tipo de libros satisface nuestra curiosidad geográfica, etnográfica e histórica, pero haremos bien en leerlos como lo que son: instrumentos literarios al servicio de intereses que no se confiesan.

*Llamamos "enigmático" a Sebastian Smith, pues
aunque es un asiduo reportero de la prensa internacional y firma sus trabajos con este nombre y apellido, poco sabemos de su identidad real.


Del libro: "Las montañas de Alá. La batalla por Chechenia". Sebastian Smith
Ediciones Destino, Colección Imago mundi, 2001. 432 páginas.

martes, 8 de diciembre de 2015

LA VERDAD SE SUBIÓ AL CIELO

Hacía tiempo que quería escribir sobre Astrea, la diosa de la Justicia (y también veremos abajo que la misma personificación mítica de la Verdad). 





LA VERDAD (JUSTICIA) SE SUBIÓ AL CIELO
Manuel Fernández Espinosa
 


Si un vocablo se repite en los siglos XVI y XVII (en los tratados políticos, en la literatura, en la correspondencia epistolar...), bien lo sabemos los que nos desenvolvemos con documentación de esa época, es la palabra "disimulación". Y nos equivocamos si pensamos que el único en proponerla como estrategia política es Maquiavelo. Tanto en la praxis política como en la ética, se impone en los tratadistas politológicos y morales la "disimulación". Así Baltasar Gracián:

"No condenar solo lo que a muchos agrada. Algo hay bueno, pues satisface a tantos; y, aunque no se explica, se goza. La singularidad siempre es odiosa; y cuando errónea, ridícula; antes desacreditará su mal concepto que el objeto; quedarse ha solo con su mal gusto. Si no sabe topar con lo bueno, disimule su cortedad y no condene a bulto, que el mal gusto ordinariamente nace de la ignorancia. Lo que todos dicen, o es, o quiere ser." (Oráculo manual y arte de prudencia).

O citemos a Diego de Saavedra Fajardo, cuando en su empresa XVIII recomienda al príncipe cristiano:

"Disimule la noticia de los vicios hasta que pueda remediallos con el tiempo, animando con el premio a los buenos y corrigiendo con el castigo a los malos, y usando de otros medios que enseña la prudencia" (Idea del príncipe político christiano representada en cien empresas).

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos define el verbo "disimular" en cinco acepciones, a saber: 1. Encubrir con astucia la intención. 2. Desentenderse del conocimiento de algo. 3. Ocultar, encubrir algo que se siente y padece. 4. Tolerar, disculpar un desorden, afectando ignorarlo o no dándole importancia. 5. Disfrazar u ocultar algo, para que parezca distinto de lo que es.

En todos sus sentidos, disimular es impedir que se vea algo: la intención, la noticia, el sentimiento o la pasión, el desorden o la realidad tal y como es. Por eso no es de extrañar que en aquella época, cuando el disimulo triunfaba, no fuesen pocos los que hicieron suyo un tópico que tiene una larga historia y que reza así: "La verdad se fue al cielo".

En el origen del tópico "La verdad se fue al cielo" creo que sería oportuno recurrir a la mitología griega, cuando los poetas nos cuentan que la titánide Astrea, hija de Zeus y Temis, fue la última de los inmortales en abandonar la tierra. Astrea es la antigua diosa de la Justicia, anterior a Dike y, según los poetas griegos, Astrea se fue de la tierra cuando la Edad de Oro dio paso a la Edad de Bronce. Zeus convirtió a Astrea en una de las estrellas de la constelación de Virgo y la balanza de la Justicia fue, desde entonces, la constelación de Libra. Se la representa en figura de diosa con alas, envuelta en una ígnea aureola, portadora de una antorcha y los rayos de Zeus.

Lope de Vega, en un famoso poema "A mis soledades voy" dice:

"Dijeron que antiguamente


se fue la verdad al cielo;

tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto."

Francisco de Aldana es menos parco que Lope y así, con este primor, nos relata el apólogo sobre el cual se basa el tópico:

"Fue la Verdad con alas de paloma
desdeñando habitar nuestras cabañas
y en su lugar, como después del día
la noche acude, la Mentira vino,
y porque al mundo vio tan amoroso

y dado a lo exterior, se ornó la infame

de cabello sotil, dorado y crespo,

tomó los labios del color que muestran
la púrpura, la grana y los corales,
cubrióse de oro y plata en rico traje
alcoholó las cejas y nombróse

Verdad. ¡Ved qué mentira tan notable!
".

Tambien podemos encontrar referencias a este apólogo en Villalón, en Cervantes, en Mateo Alemán, en Francisco de Quevedo y en Baltasar Gracián: en fin, toda nuestra tradición literaria se hace eco de esa mítica fuga de la verdad que, cuando menos se pensaban los hombres, habíase ido al cielo, dejando a la tierra en un desorden como pocos.

Teniendo en cuenta el mito del catasterismo de Astrea (la Justicia), podemos decir que aquí, la verdad de la que nos hablan nuestros poetas es la misma Astrea, la primitiva y originaria Justicia de la edad de oro hesiódica.

Sirvan estas líneas para comprender mejor a nuestros clásicos, pues tanto el apólogo (con sus leves variaciones) como las alusiones a él son, como puede suponerse con las citas hechas por nosotros, uno de los tópicos de nuestra mejor literatura.

domingo, 6 de diciembre de 2015

ERNST JÜNGER Y EL CONCEPTO DINÁMICO DE TRADICIÓN




ERNST JÜNGER: LA TRADICIÓN ELEMENTAL DE LO ORIGINARIO (I)

Texto base para la conferencia pronunciada el 5 de diciembre de 2015 en la Sede Social Bernardo López García, de la Asociación Juvenil Iberia Cruor de Jaén.

Manuel Fernández Espinosa




La sociedad alemana de entreguerras presenta como pocas sociedades los síntomas de una profunda crisis en todos los órdenes. No es simplemente la inflación, la mecanización de la industria, la crisis económica lo que tenía a los alemanes exasperados, buscando soluciones drásticas. Una lectura económica, tan del gusto del liberal como del marxista (ambos anverso y revés del mismo espíritu burgués) no podrá explicar satisfactoriamente la época. Son otras las dimensiones y muchos otros los vectores que habría que considerar para explicarse aquella sociedad convulsionada; teniendo en cuenta que, como sabemos, el vector es una magnitud que, conteniendo la cuantía, nos exige considerar el punto de aplicación, la dirección y el sentido. Y uno de los vectores más significativos será la intelectualidad que ha regresado del frente, tras la derrota bélica. Y uno de los intelectos que, por fidelidad a los camaradas caídos en el frente, se aplicará a imprimir una dirección y darle un sentido a buena parte de sus lectores será el del escritor Ernst Jünger (1895-1998). Éste lo hace desde una posición conquistada: es un héroe de guerra, herido en combate y condecorado con las más altas distinciones del ejército alemán, su heroísmo le precede y le inviste de una autoridad como no podrán presentar otros.
Sus obras literarias más importantes, como introspección de la experiencia de la guerra, las escribirá del año 1918 a 1923: "Tempestades de acero", "La guerra como experiencia interior", "El bosquecillo 125", "Fuego y sangre". Pero no serán pocos los artículos que irá publicando en las revistas que abundan entre los llamados Cuerpos Francos: "Die Standarte", suplemento en un principio de "Der Stahlhelm", será una, pero no la única. El cierre de estas revistas por la censura de la República de Weimar no impedirá que surjan otras: "Arminius", "Der Vormarsch", "Widerstand", etcétera. Puede considerarse como un abigarrado entramado de medios de prensa que responde a los múltiples grupos de soldados que se han quedado sin guerra y no pueden adaptarse a la "paz" y, menos todavía, a una vergonzosa paz que humilla todos los sacrificios consumados en el frente. Se está fraguando así el llamado "nacionalismo de los soldados".
Jünger se referirá constantemente a esos años, en los que los viejos camaradas que habían estado en el frente se reunían en las tabernas o en las mansardas para discutir, mientras bebían, la deriva de los acontecimientos y qué hacer. Por ese tiempo hubo en Alemania no pocos visionarios, como el Lorenz de la novela jüngeriana "Abejas de cristal": "Por entonces -escribe Jünger- todos teníamos una idea fija; era una característica peculiar que siguió a aquella guerra. La suya [la de Lorenz] consistía en que las máquinas eran el origen de todos los males. Quería volar las fábricas, redistribuir la tierra y convertir el país en un imperio rural. Así todos vivirían sanos, felices y en paz. Para sustentar esta opinión había adquirido una pequeña biblioteca, dos o tres hileras de libros, gastados a fuerza de leerlos, sobre todo de Tolstoi (que era su ídolo) y también de anarquistas primitivos como Saint-Simon. [...] El pobre no sabía que hoy no existe más que una única reforma agraria: la expropiación".
Este Lorenz puede ser el personaje ficticio de una novela, pero como señala Rüdiger Safranski: "Casi todas las ciudades contaban con uno o más "salvadores". En Karlsruhe, alguien que se hacía llamar Torbellino Originario prometía a sus adictos la participación en las energías cósmicas; en Stuttgart actuaba un Hijo del Hombre que invitaba a una redentora cena vegetariana; en Düsseldorf un nuevo Cristo predicaba el inminente final del mundo e invitaba a retirarse en la meseta montañosa Eifel. En Berlín el Monarca Espiritural Ludwig Haeusser llenaba grandes salas, donde exigía "la más consecuente ética de Jesús" en el sentido del comunismo originario, propagaba la anarquía del amor, y se ofrecía a sí mismo como "caudilllo para la única posibilidad de evolución superior del pueblo, del Imperio y de la humanidad". Los numerosos profetas y sujetos carismáticos de aquellos años tienen casi todos una actitud milenarista y apocalíptica...". Tal vez el caso más famoso fue el que protagonizó en el verano de 1920 un tornero de Alsacia por nombre Friedrich Muck-Lamberty que recorrerá los caminos sumando gente de todas las edades, sobre todo jóvenes, que se agrupan para escucharlo y que formarían el fenómeno llamado "Neue Schar" (la Nueva Grey). Visionarios como estos que fueron personajes históricos hoy olvidados asoman en la literatura alemana de la época. Alemania era escenario de esta especie de histeria colectiva tras la Gran Guerra: al traumatismo causado por las incontables pérdidas humanas, se sumaba la humillación y la incertidumbre por el futuro, por si fuese poco; y todo ello hirviendo en un recipiente modelado por el romanticismo que informa la cultura alemana desde el siglo XIX (su filosofía, su literatura, su música, su teología...)
Thomas Mann, retrospectivamente, escribiría: "Pero el intelecto del hombre civilizado, sea ese intelecto burgués o simplemente civilizado, no puede sustraerse a una sensación de malestar. Puesta en contacto con el espíritu de la filosofía vital, con el irracionalismo, la teología corre peligro de convertirse en demonología" ("Doktor Faustus"). En efecto, las corrientes vitalistas que afloraron en la Alemania de entreguerras, casi todas con un alto ingrediente nietzscheano, derivaron no pocas veces a sectas que combinaban más o menos extraños elementos del ocultismo y la magia. Sin embargo, en Thomas Mann habla el burgués que siente descomponerse todas las seguridades de su mundo. No obstante, el genio literario de Mann supo captar lo que estaba sucediendo en Alemania; aunque tampoco era difícil captarlo, pues Jünger y otros lo proclamaban. Mann lo resumió en la misma novela "Doktor Faustus":
"Necesitamos un sistematizador, un maestro de la objetividad y de la organización, lo bastante genial para combinar el renacentismo, y aun el arcaísmo, con la revolución" -le dice el protagonista al personaje que hace de su biógrafo en esta novela monumental.
Y bien, ese sistematizador, ese maestro de la objetividad y de la organización, el genio que combinaría perfectamente el arcaísmo con la revolución, sostengo yo, no era otro que Ernst Jünger. No digo que Thomas Mann pensara en Jünger cuando escribió estos renglones, pero si había en Alemania alguien capaz de lograr esa "síntesis" de "arcaísmo" y "revolución", la que reclamaba el Adrian Leverkühn del "Doktor Faustus", ese fue Ernst Jünger. Es lo que más tarde llamará "Revolución Conservadora" el que fuera secretario del mismo Jünger, Armin Mohler.
En Jünger el romanticismo había sido superado tras pasar por las tempestades de acero. En los años de entreguerras, como señala Alain de Benoist, Jünger "hace varios llamamientos para la formación de un frente unido de grupos y movimientos nacionales. Al mismo tiempo, trata -sin mucho éxito- de señalarles el camino de una necesaria autotransformación. También el nacionalismo precisa ser "trasmutado" alquímicamente. Debe desembarazarse de toda vinculación sentimental con la vieja derecha y convertirse en revolucionario, dando fe del declive del mundo burgués".
El estilo que define a Jünger será el "realismo heroico", una objetividad fría que mira los sucesos con otros ojos, "más allá del bien y del mal"; el mismo Jünger escribirá: "Nosotros dejamos la postura de que hay un tipo de revolución que al mismo tiempo apoya el orden, para todos los Biedermänner [filisteos de la cultura]. Pues, ¿qué tiene que ver lo elemental con lo moral?".
Uno de los correligionarios de Jünger, durante estos años, Ernst von Salomon dirá (en una entrevista concedida a Jean-José Marchand) que fue Ernst Jünger quien le propuso a él y a otros "escribir una nueva enciclopedia". Jünger le decía a Salomon: "lo que quiero ahora, es la revolución espiritual. ¿Dónde comenzar? Los franceses nos lo enseñaron: escribir una nueva enciclopedia, revisar todos los conceptos". El resultado, según Salomon, fue eficaz: "Lo hicimos. Y los jóvenes escritores salieron de la derecha, lo que sorprendió entonces a todo el mundo." (La entrevista a Ernst von Salomon que referimos se ha visto por vez primera estampada en castellano en el número 24 de NIHIL OBSTAT).
Jünger y los suyos se distanciaban del "museísmo" (con ese vocablo se referían a la propensión -burguesa- de conservar los cachivaches del pasado burgués); la tradición que merece ser perpetuada no puede estar por más tiempo en la ficticia seguridad de un orden burgués, liberal, parlamentario: eso podía ser con anterioridad a la Gran Guerra del 14, pero tras vivir la experiencia bélica los valores burgueses de la seguridad y la prosperidad se han hecho añicos; y esto no solo es válido para los moldes políticos, también los moldes artísticos y religiosos están quebrados. Jünger escribiría en "Radiaciones": "Las pretensiones conservadoras, ya sea en el arte o en la política o en la religión, extienden cheques contra activos que ya no existen".
Dado que el mundo burgués del XIX, modelado por las ideas ilustradas del siglo XVIII, se ha desmoronado hay que aventurarse a crear, según sostiene Jünger, Tradición. O mejor que "crear" dijéramos que "reencontrarla". Bajo el barniz y los postizos de la civilización burguesa hay que excavar hasta dar con lo elemental y lo originario: "...a lo elemental, a una capa de la vida más profunda y más cercana al caos, que todavía no es ley, pero que esconde en sí nuevas leyes [...] una nueva relación para con lo elemental, el suelo materno". Y muchos años después, seguiría diciendo, en "Visita a Godenholm": "Una de las ideas de Schwarzenberg era que había que sumergirse otra vez desde la superficie hasta los "abismos ancestrales" si se deseaba establecer una auténtica soberanía".
Volverse a lo originario y elemental es un imperativo para poder legitimar un orden de distinto cuño que suprima el falso orden liberal bajo el que hemos estado sujetos. Lo elemental "todavía no es ley", pero "esconde en sí nuevas leyes". Esta es la gran aportación de Jünger que, rechazando los falsos ídolos del liberalismo, el parlamentarismo y el marxismo, nos indica el camino a lo originario como solución para un mundo en crisis.
Y si es válido para el mundo de la Alemania en crisis de entreguerras, cualquier época en crisis puede escuchar la voz de Jünger, reclamando que para salir de un atolladero como el actual no hay más remedio que volverse a la Tradición que es lo originario, que podemos aguardar que vuelva de nuevo por sus fueros: como el implacable manotazo de una ola colosal que hunde un barco, con la fuerza de una tempestad de acero, como la terrible erupción de un volcán. Los elementos no conocen el diálogo con la humanidad, ni siquiera con esa secta de la humanidad que forman todos aquellos parlanchines que exigen derechos y que se han conjurado contra la naturaleza de las cosas, contra el orden natural, queriéndole dictarle sus "leyes" a la Naturaleza.

TRADICIÓN EN ERNST JÜNGER: MOMENTO CONSTITUTIVO, CUSTODIANTE Y DEFENSIVO



En la lengua alemana hay dos términos para nuestra palabra "tradición": "Überlieferung" y "Tradition". Por lo común, los términos se emplean indistintamente, a excepción de algunos casos como el que constituye el uso filosófico que le dio Martin Heidegger. Cuando Heidegger se refiere a la "tradición" con el vocablo "Tradition" lo hace identificando esa "tradición" con una particular tradición filosófica occidental, la que -según Heidegger- ha olvidado la pregunta por el ser: "La tradición (Tradition) llega a hacer olvidar totalmente tal origen" -dirá Heidegger en "Sein und Zeit". Sin embargo, "Überlieferung" (tradición/transmitir/entregar) lo emplea para expresar algo más dinámico y decisivo: "Si todo "bien" es hereditario y el carácter de los bienes radica en el hacer posible la existencia propia, entonces se constituye en el "estado de resuelto", en cada caso, la tradición de una herencia".

Aunque no es momento de internarse en la filosofía heideggeriana, sería oportuno indicar que lo que Heidegger llama "estado de resuelto" es el más peculiar modo de ser de la existencia auténtica frente a la existencia inauténtica y gregaria. Heidegger rechaza la "Tradition" consistente en ese corpus acumulado a lo largo de la filosofía occidental, pues esa "Tradition" acarrea consigo "que con todo su historiográfico interés y todo su celo por una exégesis filológicamente "positiva", el "ser ahí" ya no comprende las condiciones más elementales y únicas que hacen posible un regreso fecundo al pasado en el sentido de una creadora apropiación de él".

Esa "Tradition", para Heidegger, obtura el acceso al origen, pero la "Überlieferung" nos permite el retorno al origen "reapropiándonos" de él.

Sin llegar a establecer tan sutiles distingos como los que marca la filosofía heideggeriana, podemos decir que Ernst Jünger llega a conclusiones similares. La tradición (Tradition/Überlieferung: nosotros no vamos a diferenciar entre ambos vocablos germanos) no puede ser un afán museístico, sino que tiene que ser algo dinámico -tal y como lo habían entendido nuestros pensadores tradicionalistas (Vázquez de Mella, v. gr.) Para hacernos cargo del dinamismo de la auténtica tradición (y no de la tradición entendida como "museísmo" o veneración de fósiles) el mismo Jünger nos ofrece un pasaje digno de reflexionar:

"La historia es la tradición que un poder victorioso se otorga a sí mismo. Así es como las familias romanas retrotraían su origen hasta los semidioses y así es como habrá de escribirse una historia nueva a partir de la figura del trabajador".

("El Trabajador. Dominio y figura".)

La tradición es algo dinámico, el sujeto de la tradición no permanece pasivo como un recipiente que acoge lo que le dan las generaciones anteriores, sino que ejerce una labor activa en cuanto que, al valorar lo recibido, rechazará algunos elementos heredados y acogerá otros. No es, por lo tanto, un mero recibir, sino más bien un reelaborar lo recibido y otorgárselo a la misma comunidad como fuente de legitimación.

Esto que puede parecer algo complicado de comprender es lo que hemos visto a lo largo de toda la historia, Jünger pone el ejemplo de los romanos que remontaban sus ancestros a los semidioses: el mito es así una fuente de legitimación. En la España de nuestros días basta pensar en lo que se ha hecho con el mito de las Tres Culturas, se ha reinventado todo un pasado mítico de convivencia idílica entre judíos, musulmanes y cristianos y, a partir de esa reinvención, inspirada en Ámérico Castro y otros, se ha desfigurado no sólo el pasado histórico de España, sino su presente y su futuro. Es obvio que a los poderes fácticos poco importa la verdad de sus teorías, ni siquiera la solvencia intelectual de los artífices de esas teorías que se reapropian para configurar nuestro pasado, nuestro presente y nuestro porvenir. Américo Castro era filólogo y no puede llamársele historiador, pero eso poco importa: lo que les importaba a las elites que divulgan la teoría de Américo Castro hasta haberla hecho hegemónica no era el amor por la verdad, sino la construcción de todo un discurso que disolviera la identidad histórica de los verdaderos españoles en aras de la multiculturalidad, ahogando la identidad hispánica; y hasta tal punto que los hay hoy -tras muchas décadas de machacar con este absurdo del triculturalismo- que, descendientes de cristianos viejos, todavía se piensan descender de moriscos o judíos.

Volviendo a Jünger, digamos que éste se ocupó de reflexionar sobre nuestro tema en un texto que tituló "La Tradición", publicado originalmente en la revista Die Standarte (El Estandarte), revista de los Stahlhelm (Cascos de acero), en 1925. En dicho ensayo breve, el Mago de Wilflingen nos dice: "La persona singular no se halla, sin embargo, ligada a una superior comunidad únicamente en el espacio, sino, de una forma más significativa aunque invisible, también en el tiempo. La sangre de los padres late fundida con la suya, él vive dentro de reinos y vínculos que ellos han creado, custodiado y defendido. Crear, custodiar y defender: esta es la obra que él recoge de las manos de aquéllos en las propias, y que debe transmitir con dignidad. El hombre del presente representa el ardiente punto de apoyo interpuesto entre el hombre pasado y el hombre futuro."

Las tres acciones que se relacionan con la Tradición son "crear", "custodiar" y "defender". La Tradición tiene, por lo tanto, un momento "creador" (preferimos llamarlo "momento constituyente") y, para que se prolongue en el tiempo, se requiere una permanente "labor custodiante" y, llegado el caso, una decidida "disposición defensiva". Lo que he llamado, glosando el pasaje de Jünger, "labor custodiante" podría confundirse con lo que he denominado "disposición defensiva": custodiar es, en un sentido amplio, defender; pero considero muy conveniente que estos dos verbos no los entendamos aquí como equivalentes, pues en lo que atañe a la "labor custodiante" habría que pensar en todo lo que comporta de actitud vigilante la conservación de una tradición. Ésta ha de ser vigilada, custodiada, para evitar que se relajen sus portadores y se desvirtúe y corrompa la misma tradición, mientras que en la "disposición defensiva" hablaríamos más bien de toda acción, intelectual o armada, conducente a preservar la tradición de cuantos enemigos pugnen por hostigarla o destruirla. Hay que ejercer, por lo tanto, la "custodia", salvaguardando que los mismos que participan de la tradición la puedan desviar por caprichos o incurias, pero también hay que estar dispuesto a defender la tradición contra cuantos -propios o extraños- quieran destruirla.

La custodia de la tradición no es impedir a todo trance cambios en lo accidental, para ello Jünger nos propone el ejemplo de un edificio que puede cambiar con el tiempo. Esta metáfora arquitectónica la traslada más tarde a la organización política, no olvidemos que es el año 1925 cuando Jünger escribe este ensayo que comentamos:

"Ayer teníamos un imperio, hoy tenemos una república… mañana tendremos acaso de nuevo un imperio, y pasado mañana una dictadura. Cada una de estas figuras guarda, como invisible heredad, más o menos oculta en la profundidad de su lenguaje de formas, el contenido de aquello que es pasado; cada una de ellas tiene en cambio el deber de ser en todo y por todo ella misma, porque sólo así será alcanzada la plena valoración de la fuerza."

Lo que hay que custodiar de la tradición es el modo de ser propio, una ética y una estética, una moral y un estilo propios que se han perpetuado a lo largo de siglos hasta tal punto que (válgannos estos ejemplos) podemos reconocer como hispánica la defensa de Numancia lo mismo que la de Baler, o la del Alcázar de Toledo. Es por ello por lo que Jünger demanda a sus compatriotas que prescidan -si es menester- de lo exterior, pues "la ostentación de formas externas de la tradición, propia de la actual juventud, [es] lo que constituye la señal de una falta de fuerza interior."

Y reclama imperativamente: "No vivamos en un museo, sino en un mundo activo y hostil. No es tradición reavivada aquélla que el viejo soltero ostenta pintada sobre la propia cajetilla de cigarros, o aquélla exhibida en el adorno blanco y negro estampado sobre cada cenicero y sobre los tirantes. Esta no es sino propaganda en el sentido deteriorado, como, igualmente, formas de propaganda de pésimo gusto son en gran medida nuestros desfiles, las celebraciones conmemorativas y las jornadas de honorificación: empalagoso kitsch, bueno sólo para conquistar a algún simpatizante."

Pues, en lo interior es donde tiene que mantenerse la tradición, a salvo de la violación del enemigo, pues la tradición no es algo antiguo, que nos gusta más o nos gusta menos, sino que es cuestión de vida o muerte, por eso exhorta a los alemanes a ser "todo aquello que sois":

"Sed en todo y para todo aquello que sois; entonces vuestro futuro y vuestro pasado vivirán en el punto de apoyo ardiente del presente y en la más auténtica alegría de la acción. Tendréis entonces la verdadera tradición viviente y no sólo su centelleante reflejo, el cual podría proyectarse en cualquier sala de cine ciudadana."

A título de recapitulación podemos terminar concluyendo:

-A diferencia de la lengua alemana, en castellano no disponemos de dos vocablos para la palabra "tradición". Podríamos hablar de "transmisión" o, ya lo veremos en su momento, de "entrega". No tenemos que compartir la diferencia que marca Heidegger entre "Tradition" y "Überlieferung", pues lo que Heidegger identifica como la "Tradition" (la metafísica occidental y el olvido del ser que ésta entraña) son cuestiones particulares de la filosofía y, en concreto, de la filosofía de Heidegger, pero sí que podríamos advertir que no son pocos los que confunde la "tradición" con actitudes meramente pasivas, en el mejor de los casos de veneración por la antigüedad, mientras que conviene tener muy claro que la tradición es algo muy distinto: es activa. Aquí vendría bien recordar la parábola de los talentos, cuando Jesucristo nos presenta al que guardó y no arriesgó como el peor de todos aquellos que recibieron algo; pues el sentido exacto de la tradición sería ese mismo, no conformarse con enterrar lo que se nos ha entregado, sino hacerlo correr, hacerlo vida.

-La tradición reapropiada (expeliendo de ella cuanto estorbe en el presente para conquistar el futuro) es, como dice Jünger, la fuente de una legitimidad del poder y acomoda la historia a sus conveniencias, suprimiendo de ella todo cuanto atenta al ser de la comunidad que vive la tradición y la transmite.

-La tradición es acción: ha sido constituída, instituida en el pasado (la podemos instituir nosotros para el futuro), pero hay que custodiarla para impedir que, bajando la guardia, se malogren las conquistas de todo tipo que ha permitido esa tradición. La tradición hay que defenderla de sus enemigos: de todos cuantos, formando parte de la comunidad, la denigran, adulteran o pugnan por tacharla: con su "traición" ponen en peligro a la comunidad que es la que es gracias a esa tradición. También hay que defenderla contra los ajenos que nos quieren imponer sus propias "tradiciones" extrañas: nocivas y mortíferas para la comunidad.

-Es en el interior donde hay que conservar celosamente la tradición, la exhibición externa de la misma no es mala, siempre y cuando no se confunda con una actitud superficial que vacía el sentido auténtico de lo que se es.

jueves, 5 de noviembre de 2015

GUY FAWKES, UN INGLÉS AL SERVICIO DE ESPAÑA

 
REMEMBER, REMEMBER, THE FIFTH OF NOVEMBER

Manuel Fernández Espinosa
 
 
"En el día 5 de Noviembre se celebra el aniversario de la famosa conjuración, cuando quisieron volar con pólvora el Parlamento: maldad atribuida a los papistas. Algunos días antes andan los chicos pidiendo dinero por las calles para quemar al Papa. En el día del aniversario, la gente rica se emborracha en banquetes suntuosos; las viejas van a rezar a la iglesia (donde se celebra con oficio particular el suceso); los muchachos y la gente del pueblo pasean por la ciudad varias figuras de paja, perfectamente parecidas al pelele que se mantea en Madrid el Martes gordo. Estas figuras representan, en su opinión, al Papa; entretiénense todo el día con él, le insultan, le silban, le escupen, le tiran lodo, le arrastran por las patas, le dan pinchazos, y al fin muere quemado a la noche, con grande satisfacción y regocijo público".
 
De "Apuntaciones sueltas de Inglaterra" es esta anotación de Leandro Fernández de Moratín. Moratín nos proporciona aquí la descripción de una más de las bárbaras "tradiciones" inglesas, de la cual él es testigo a finales del siglo XVIII. Como podemos ver, los ingleses cuentan con una larga tradición de antipatía.

Guy Fawkes es capturado

 


Para llegar al origen de esta tradición londinense de "quemar al Papa" es preciso, en efecto, remontarnos al 5 de noviembre de 1605, cuando el yorkiano católico Guy Fawkes fue capturado cuando se disponía a llevar a cabo un atentado terrorista contra el Parlamento. La brutal represión que en Inglaterra se estaba perpetrando contra los católicos era insoportable. Los fieles ingleses eran perseguidos y, no faltaron tampoco los tremendos martirios, como el de Santa Margaret Clitherow que fue aplastada el Viernes Santo de 1586 por darle refugio a unos sacerdotes católicos bajo su techo. Santa Margaret Clitherow era paisana de Fawkes. Sufriendo aquella represión, algunos católicos ingleses concibieron acabar drásticamente con los verdugos protestantes. Aquellos bravos católicos, acaudillados por Sir Robert Catesby, un gran amigo de España, planificaron una conspiración, la llamada "conspiración de la pólvora". Guy Fawkes estaba entre los conspiradores.

Santa Margarita Clitherow, aplastada viva por darle refugio a sacerdotes católicos

El plan consistía en secuestrar a la familia real de Jacobo I y asesinarla, mientras se hacía estallar por los aires el parlamento, con toda la aristocracia protestante dentro. A Fawkes se le encomendó, por su larga experiencia militar, prender fuego a la pólvora que acumularon en una de las criptas del Parlamento. Fawkes había servido en las filas del ejército español en Flandes, nada más y nada menos que diez años dedicó al servicio de España. Pero, por desgracia, el plan fue frustrado. Los escrúpulos morales de alguno de los conjurados destaparon el plan, alertando a los protestantes. A finales de octubre de 1605, el parlamentario Lord Monteagle recibió un anónimo advirtiéndole que no fuese por el parlamento por su bien. Lord Monteagle puso en conocimiento de las autoridades aquel anónimo, y el mismo 5 de noviembre de 1605, mientras revisaban las bodegas del parlamento, la guardia capturó a Guy Fawkes con las manos en la masa... De pólvora. Con los barriles de pólvora y los leños, a punto todo para prenderle fuego cuando estuvieran dentro los tiranos.

Martirio de la Perla de York, Santa Margarita Clitherow

Guy Fawkes fue torturado, pero no denunció a ninguno de sus cómplices. Se recrudecieron los tormentos, pero Guy sólo dio los nombres de aquellos que ya sabía que estaban apresados. Lo ejecutaron en enero del año siguiente, pero no se dieron el gusto de ahorcarlo, pues se arrojó del patíbulo con la soga puesta en la garganta, rompiéndose el cuello.

Los conspiradores de la Pólvora
 Moratín habla de un pelele que, representando al Papa, era maltratado, vejado y, por ende, quemado. Todavía se sigue quemando en efigie a Guy Fawkes. Nosotros, los españoles, estamos en deuda con Fawkes. Es triste que apenas sepamos de él, para rendirle los honores que se merece por haber sido un soldado bajo nuestras banderas y por haber sido un convencido luchador por la libertad religiosa, proscrita y salvajemente castigada por los protestantes ingleses.


Quisimos recordar al héroe católico Guy Fawkes.

Todavía se celebra en Londres -cada 5 de noviembre- la noche de las Hogueras, pero parece que lo que actualmente se quema es un pelele que no representa al Papa -como en tiempos de Moratín-, sino a Guy Fawkes.
 
Guy Fawkes es el origen de las famosas máscaras de "Anonymous".

 
El Pelele londinense